¿Qué clase de primeradama será Michelle Obama? Esa era la inquietante pregunta que se hacían los estadounidenses hace un año, perturbados por el tópico de la mujer negra malhumorada y resentida que se le atribuye a las de su raza. Para entonces la exquisita esposa del candidato de la esperanza que encandilaba a blancos y a negros ya llevaba diez meses luchando en silencio contra esos prejuicios, pero muchos temían que su contención terminase en cuanto su marido ganase la batalla presidencial. ¿Sería la voz maliciosa al oído del presidente, como Nancy Reagan? ¿El bastón familiar, como Barbara Bush? ¿El dos por uno que supuso Hillary Clinton? ¿Una elegante mujer florero como Laura Bush?

Un año después de que subiera al escenario de Grant Park con un impresionante vestido negro salpicado de rojo fuego, Michelle Obama, de 45 años, ha roto moldes. Y no sólo por ser una de las diez mujeres mejor vestidas del mundo, según Vanity Fair.

Aquella noche muchos afroamericanos lloraban más por la emoción de ver a una de sus "hermanas" tomar posesión de la mansión presidencial construida por esclavos negros, que por la propia elección de Barack Obama, de quien todo el mundo sabe es tan blanco como negro.

Michelle, en cambio, es descendiente directa de esclavos, con una historia ancestral de humillaciones bien documentada por la prensa, sin su colaboración, que permite rastrear hasta la violación de una de sus antepasadas a los 15 años en Carolina del Sur, allá por 1852. Toda una historia de dolor y de traumas ancestrales que Barack Obama no lleva en su sangre, mezcla de un orgulloso keniano que logró una beca para estudiar en Harvard y se casó en Hawai con una mujer blanca de Kansas, incluso más idealista que el hijo que engendraron juntos.

Fue sobre todo en los primeros meses de la campaña, después de Iowa, cuando se pudo ver en directo que había más fuego en sus mítines que en los de su marido. Escribía sus propios discursos, no llevaba notas a los mítines ni evitaba temas controvertidos como la raza. Los críticos acabaron pronto con la deliciosa espontaneidad de Michelle, que si bien encandilaba a las masas femeninas, daba demasiado material para explotar los miedos raciales en el insaciable ciclo informativo, y hasta amenazaba con descarrilar la candidatura de Obama.
 
Inteligente y bien asesorada, la también abogada de Princeton y Harvard recogió velas y amarró la fuerza de sus pasiones a temas más femeninos que suavizaran su imagen entre un sector en el que no le falta influencia. La revelación le vino en junio del año pasado, cuando el vestido de Donna Ricco que lució en el programa The View se agotó inmediatamente en las 322 tiendas de los almacenes White House/Black Market.

Los analistas observaron pronto que tenía tanta influencia como la todopoderosa Oprah Winfrey, capaz de convertir en best seller cualquier libro que mencione en su programa.

Y si la gente imitaba un vestido, por qué no aprovechar el tirón para poner de moda la vida sana y transformar los hábitos alimenticios del país de la comida basura. Esa ha sido su principal aportación en este primer año de la era Obama.

Michelle anunció con humildad que su principal papel en la Casa Blanca sería el de "madre en jefe", y pronto lo ha extendido a todos los niños del país con sus visitas a medio centenar de colegios públicos y las invitaciones a cultivar el huerto que plantó en la Casa Blanca. "Es más fácil influir a los niños que a los adultos, y a lo mejor empiezan a vigilar nuestra conducta", confió. Entre las hordas de niños que visitan la mansión cuesta encontrar cabellos rubios y ojos azules. En el video The Garden que figura en la página web de la Casa Blanca sólo se ve una cabellera rubia entre tanto hispano, asiático y afroamericano como acude a recoger la cosecha.

Michelle habla a las mujeres desde el punto de vista de madre trabajadora sin tiempo para darle a su familia las cenas caseras y saludables que le preparaba su madre, y recomienda cambios que en España aún son cotidianos pero han ido desapareciendo de los hogares americanos. Eliminar en lo posible las comidas procesadas y los azúcares, servir más verduras, cocinar al menos un par de veces en semana, sentarse a cenar en familia, comer menos fuera de casa "Vi resultados inmediatos haciendo esas pequeñas cosas, así que pensé: si pudiera ayudar a otras familia a hacer estos pequeños cambios desde mi papel de primeradama, estaría haciendo algo bueno", cuenta en el vídeo. Gracias a batallas cuidadosamente elegidas su popularidad ha crecido más que la del presidente.

Michelle le ha puesto el corazón a las aspiraciones olímpicas de su ciudad natal, a las familias de los militares, a reclutar mujeres para la reforma sanitaria, a impulsar los mercados de granjeros y a promover el ejercicio físico entre los niños bailando CON el ’hula hoop’.

Y mientras la popularidad del primer presidente negro ha caído hasta el 60% en una encuesta encargada por la CNN, la de la primera dama de color está en el 64%, sin visos de perder el paso.