En México es una celebridad; en España, su país natal, una desconocida. Zoe Valdés, que ha querido hacerle justicia en su última novela, nos comenta cinco de sus mejores cuadros.

Fue algo más que la musa intocable del surrealismo. Fue una artista –no un personaje secundario–, una pionera del amor libre y una de las primeras mujeres estudiantes de la Academia de San Fernando. Remedios Varo será recordada por sus cuadros más personales, imágenes de un universo plagado de seres fantasmales con su propio rostro, cuyos símbolos pueden ser leídos en clave mística o surrealista, pero siempre cercana a los sueños. En México, donde vivió la mayor parte de su vida, es tan célebre como Frida Kahlo: sus obras están en los grandes museos y es posible encontrar reproducciones y pósters en todas las librerías. Personajes como Madonna presumen de coleccionar sus obras, pero en España, su país de origen, es casi una desconocida.

MEMORIA HISTÓRICA

Con la intención de reparar lo que considera una injusticia histórica, la cubana Zoe Valdés reivindica la figura de Remedios Varo en su novela “La cazadora de astros” (Plaza & Janés). “Escribí esta historia –explica la escritora– por amor a la obra de Remedios y porque me identifiqué profundamente con su forma de ser y de sentir. Ella dijo que no merece la pena vivir la vida sin arte, por eso emprendía el amor como una especie de cacería cargada de fragilidad. Eso tiene mucho que ver conmigo. Yo adoro a Frida Kahlo, pero, para mí, Remedios es muy superior. Frida indaga en su mundo interior; Varo explora el suyo y el de los que la rodean, con un lenguaje muy sofisticado”.

Remedios Varo Uranga nació en Anglés (Girona), en 1908, pero creció en Madrid. Su padre, un ingeniero librepensador, la alentó a desarrollar su talento artístico. Varo se convirtió así en una de las primeras mujeres estudiantes en la Academia de San Fernando y vivió la atmósfera creativa y vanguardista de la Residencia de Estudiantes. Allí compartió tertulias y vivencias con artistas como García Lorca y Dalí. Tras terminar su aprendizaje, se casó con un compañero de la Academia, Gregorio Lizárraga, y ambos se establecieron en París durante un año. En 1937 rompió esa relación y se fue a vivir con el poeta surrealista Benjamin Péret, que la introdujo en el círculo íntimo de André Breton. En aquella época vivía con poco dinero y mucha imaginación. Le encantaba unirse a los bohemios surrealistas para fotografiarse vestida de torero, vender pasteles en la calle o mandar cartas a desconocidos cuyos nombres elegía al azar en el listín telefónico, uno de sus “actos surrealistas” favoritos. Como buena hija de su tiempo, coqueteó con las teorías de Freud y Jung sobre el inconsciente. Pintó un cuadro, “Mujer saliendo del psicoanalista”, donde una dama lleva la cabeza de su padre a modo de bolso. Su imaginario estuvo plagado de personajes extravagantes (con ruedas en vez de pies, con ojos de búho), atrapados en un universo onírico de arquitectura gótica y bosques profundos.

Hasta el final de su vida no consiguió vivir de la pintura. Siempre realizó trabajos artísticos de supervivencia, sobre todo como ilustradora publicitaria. También pintó instrumentos musicales y muebles; realizó los decorados de la película “La aldea maldita”, de Florián Rey; falsificó por encargo cuadros de Giorgio de Chirico y diseñó trajes y tocados para teatro y ballet junto a Leonora Carrington y Marc Chagall. Como tantos españoles, se exilió de la Guerra Civil en París. Pero llegó la II Guerra Mundial y, durante la ocupación, los alemanes la encarcelaron para conseguir información sobre el círculo de artistas surrealistas. Cuando la soltaron, algunos días después, partió hacia México con su marido.

A lo largo de su azarosa vida tuvo muchos compañeros, pero de todos fue un poco madre. Eso la llevó a cultivar la amistad con sus amantes. Lizárraga, su primer marido (hijo de un alcalde de Pamplona, según cuenta Valdés) fue su puerta de salida para dejar España; al poeta surrealista Benjamin Péret, su gran amor, le ayudó económicamente hasta el final y le acompañó en su lecho de muerte en París. En 1952 se casó con un político refugiado austriaco, Walter Gruen, devoto de su obra, que la convenció para que se dedicase exclusivamente a la pintura. Él le proporcionó la estabilidad y el “cuarto propio” que, según Virginia Woolf, necesita toda mujer para realizar su obra. Remedios Varo falleció en México en 1963, de un ataque al corazón. A su muerte, André Breton escribió: “El surrealismo reclama toda la obra de una hechicera que se fue demasiado pronto”.

SUS CUADROS
 
"Naturaleza muerta". “Este cuadro es premonitorio de su propia muerte. Falleció unas semanas después de terminarlo. No era una pintora de lo que veía, sino de lo que soñaba. Ella es la llama y alrededor de la luz hay una especie de cosmos poético levitando. Parece que el mantel se estuviera elevando en rotación, guiado por energías ocultas. Hasta entonces se había representado a sí misma con su rostro. Ésta vez, sin embargo, es una llama convertida en el alma de la composición pictórica”. 

• "Los amantes". "La forma en que Remedios vivió sus historias amorosas está presente en esa bruma intensa. La perspectiva es fantasmal. La mezcla de elementos (llovizna, río, mar) indica que la relación de los amantes es insegura. Hay una gran incertidumbre, pero, a la vez, sus manos están entrelazadas. Sus caras son espejos en los que se refleja el amado. Del corazón emanan vapores (la emoción pasional) que se condensan y forman un charco en el que se hunden sin darse cuenta”.

• "Reflejo lunar". “Es un cuadro insólito por los colores que utiliza. Hay un ambiente muy bucólico, campestre, más cálido de lo que suele ser habitual en ella. También me gusta mucho la verticalidad de la perspectiva. Detrás de los árboles hay una especie de castillo con un sol rojo. Hay un muchacho fuera de la torre y una chica que le mira desde dentro, a través de una ventana. La Luna no está en el cuadro, pero la vemos reflejada en la laguna y en el centro está como flotando una luz maravillosa. Aquí se trata uno de los temas más recurrentes en la obra de Remedios: aquello que los amantes pueden ver pero es invisible para los demás”.

• "Ruptura". “Es una obra muy extraña y valiente. Representa el momento en que ella rompe con su familia y se va con Lizárraga, su primer marido, para vivir su historia de amor y ser pintora. Es un cuadro muy elaborado desde el punto de vista del psicoanálisis. Todo el cuerpo está envuelto en una especie de capucha. Los colores son muy opacos y los muros recuerdan al convento donde la recluyó su familia de joven. En estas paredes hay movimiento, como si estuvieran estrechándose, y en las ventanas están esos rostros que escudriñan la partida del personaje en medio de la madrugada y dan pavor”.

• "Cazadora de astros". “El vestido está confeccionado con andrajos, una metáfora de los fragmentos de vida, del pasado y los sueños con los que ella compone sus cuadros. El personaje, ella misma, ha enjaulado a la Luna, una manera de decir que ya ha logrado apresar lo onírico. El hueco de su cuerpo es como una boca o una vagina formada por los pliegues de la ropa, que parecen labios. El resultado es algo tétrico. Precisamente, lo que más me gusta es que muestra el lado sombrío del sueño. Muchos surrealistas evitaban esa visión dramática y ella la intensifica. Parece que la mujer se está deslizando hacia el espectador. Es una obra cuya única historia es el misterio”.

DOS MUJERES

Una poeta cubana tiene un encuentro mágico con una pintora muerta 30 años atrás. Y cuando empieza a investigar su vida, encuentra el valor que necesita para conquistar su propia libertad como mujer y como escritora. Éste es el argumento de “La cazadora de astros”, de Zoe Valdés (Plaza & Janés, 19 €).