Los políticos no han conseguido acabar con la pobreza, el SIDA y las guerras. Ahora, ellas piden una oportunidad para hacerlo a su manera.

"Todos los hombres han fallado a Liberia. Dejemos que lo intente una mujer”. Son palabras de la presidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf, en el II encuentro España-África de la Red Mujeres para un mundo mejor. Desde luego, tiene autoridad para decirlo: es la primera mujer convertida en jefe de Estado de un país africano a través de unas elecciones libres. Y a pesar de su aspecto de abuelita, se ha ganado su apodo de “dama de hierro”: 30 años de carrera política y varios de prisión y exilio la auparon a la presidencia en 2005. Desde entonces, lidia con una economía destrozada por 14 años de guerra civil, una población empobrecida y dividida por el conflicto bélico y una clase política corrupta.

Ella afirma que desea “traer la sensibilidad maternal a la presidencia” para lograr la reconciliación nacional. Sirleaf es la punta de lanza de las mujeres políticas del África subsahariana. Pero hay muchas más: Luisa Dias Diogo, primera ministra de Mozambique; Gertrude Mongella, presidenta del Parlamento Panafricano; Charity Kaluky, ministra de Sanidad de Kenia; Shytaye Melane, vicepresidenta del Parlamento de Etiopía; Conceptia Ouinsou, presidenta del Tribunal Constitucional de Benin; Aichatou Mindaoudou, ministra de asuntos exteriores de Níger; Yaye Kene Gassama Dia, ministra de investigación científica de Senegal...

 Estos nombres representan todo un progreso: hace 10 años no había una sola ministra en el continente; hoy, Ruanda es el país con mayor representación parlamentaria femenina del mundo, el 49%, por encima de la progresista Suecia.  

Además, Sudáfrica y Mozambique tienen ya un 30% de féminas en sus hemiciclos y en Namibia representan el 27%.