“Se busca candidata para cubrir vacante de “novia de América”, dícese del cliché referido a la actriz de comedia romántica por excelencia. La candidata deberá ser capaz de reventar taquillas, tener eso que llaman vis cómica, cierto aire de “vecina del quinto”, pero con un cuerpo que haga soñar a los hombres y un estilo envidiado por las mujeres. Honorarios: a convenir. A partir de seis ceros”.

Si los papeles en Hollywood se anunciaran en los clasificados, hace años que Jennifer Aniston debió leer éste y tomó buena nota. La actriz cumple, punto por punto, con los requisitos de la oferta y ahora vuelve a demostrarlo en la comedia coral “¿Qué les pasa a los hombres?”, que se estrena en unas semanas.

Su DNI es sinónimo de glamour, pero su currículum vitae es el de una currante de la farándula. Después de trabajar de camarera, recepcionista y hasta tele-operadora para llegar a fin de mes, se “matriculó” en la mejor escuela de comedia de los 90: la serie “Friends”. Rachel, la pija redimida metida a camarera y torturada por su relación de ida y vuelta con Ross, fue su trampolín a la fama y su salvoconducto a la comedia romántica. Luego llegaron los taquillazos. Su última película, “Una pareja de tres”, ha recaudado 180 millones de euros en todo el mundo. Su sueldo, por supuesto, va en consonancia: seis millones por cinta. El truco consiste en tener a todos contentos. Ellos la eligen siempre entre las más sexys y para ellas es un icono de belleza. Cuenta su leyenda que cuando Rachel se dejaba flequillo, se hacía mechas o, simplemente, se cortaba las puntas, las peluquerías, a un lado y otro del charco, se llenaban de clientas que, con su foto en la mano, exigían mismo corte, mismo color y mismo look.

En enero, cambió de década y estrenó los 40 sin grandes dramas, aunque haciendo las concesiones que se esperan de una estrella como ella: un poquito de botox por aquí, una rinoplastia por allá… Eso sí, jura y perjura que su escote es suyo y sólo suyo, aunque parece que no convence a nadie: “Tendré que dejarle tocar a la gente. No sé qué más puedo hacer”, ha llegado a decir sobre su sospechoso aumento de pecho.

Pero, a pesar de tener la vida más que solucionada, algo pasa con Jennifer y su relación con los hombres. En la gran pantalla ha lidiado con el gay encantador del que termina enamorada hasta los huesos (“Mucho más que amigos”); con un novio de conveniencia (“Novio de alquiler”); con un obsesivo compulsivo al que ilustra en el arte del “carpe diem” (“Y entonces llegó ella”) y hasta se ha tirado los trastos a la cabeza con un marido para luego, claro, hacer las paces (“Separados”). La ventaja del cine es que los guiones “made in Hollywood” son garantía de final feliz.
 
La vida real es harina de otro costal y Jennifer lo sabe. Después de varias relaciones fallidas con actores de segunda división, en 1998 llegó el príncipe azul: Brad Pitt. Sus agentes les organizaron una cita a ciegas y dos años después, en Malibú y con un bodorrio que costó un millón de dólares, se dieron el sí quiero. Fueron la pareja de moda: guapos, talentosos, felices. Pero un día, todo cambió. Brad salió de su mansión de Beverly Hills para rodar su nueva película, “Señor y señora Smith”, junto a Angelina Jolie. El resto, ya es parte de la historia de los grandes romances de Hollywood y, a estas alturas, no hay mortal que no sepa el desenlace: “Brangelina” por una parte, con su prole de seis hijos, y Jennifer por otra. Ella siempre ha renegado de su papel de víctima en la historia, aunque lo pasó mal e, incluso, ha confesado que empezó a deambular sonámbula por el estrés de la ruptura. Pero, tres años después de su divorcio, la etiqueta todavía la persigue. Y el canibalismo mediático no cesa: cualquier gesto, comentario o desliz de los protagonistas del triángulo abre la veda para nuevas conjeturas.

Su respuesta al desengaño fue de manual: se concentró en su trabajo y sacó un clavo con otro. “Separados” despertó el morbo del respetable –primera película postdivorcio–, puso en marcha la máquina de hacer dinero –150 millones de euros en todo el mundo– y devolvió a su estrella la fe en los hombres gracias a Vince Vaughn. Eso sí, esta vez cambió de táctica: evitaron el foco público, las alfombras rojas y los objetivos indiscretos. Pero la fórmula tampoco funcionó: el romance semiclandestino duró un año. Luego, Jennifer coqueteó con el modelo británico Paul Sculfor, asiduo del círculo londinense de Kate Moss y compañía, sin que la cosa pasara a mayores. Y hace un año la actriz volvió a estrenar novio: John Mayer, 39 años, apuesto y virtuoso roquero. El primer asalto duró unos meses: rompieron, se lamieron las heridas y volvieron a empezar. El segundo intento parecía que iba en serio. La actriz se llevó a su chico a la última edición de los Oscar y posó pertinentemente acaramelada. Dicen los expertos en materia “corazonera” que el día y hora estaba elegido a posta para eclipsar a “Brangelina”, que recorrían la “red carpet” como dúo de nominados, aunque se fueron los dos de vacío. Pero en menos de un mes, la relación volvió al punto de partida: cada uno por su lado. Y así, hasta la fecha. Aunque cualquier soltera que ha traspasado la barrera de los 40 ha oído alguna vez la eterna letanía: se te pasa el arroz, a ver cuándo te casas... Pero a Jennifer Aniston las explicaciones no se las pide su madre sino los micrófonos indiscretos. Por eso está en guardia. Se la han jugado demasiadas veces.

Se la jugó su madre, que habló más de la cuenta sobre su relación con Brad Pitt a un periódico y, como castigo, nunca recibió la invitación de boda. Se la jugó su novio del instituto, que intentó subastar sus cartas de amor. Y hasta se la jugó una casa de joyas que quiso hacer el agosto vendiendo copias de su anillo de boda. Por eso su séquito se encarga de racionar sus apariciones. Y, a pesar de ello, una legión de “paparazzi” se amontonaba a las puertas del hotel Casa del Mar, en Santa Mónica, cuando Jennifer estaba allí para promocionar la película “Una pareja de tres”. Cualquier foto suya se cotiza al alza: esté sola o acompañada, en chándal o con un vestido negro ultra-ceñido de Roland Mouret. Ése era su uniforme de promoción aquel día. Caminaba escoltada, midiendo cada palabra y, con envidiable juego de caderas, esquivaba cuestiones indiscretas. Si le preguntaban si el perro es más fiel que el hombre, callaba. Y si algún curioso quería saber cómo andaba de pilas su reloj biológico, enarbolaba su independencia: “No soy de las que hacen planes y dicen: ‘Me casaré y tendré hijos’. Sino más bien de las que piensan: “Quiero sobrevivir y tener mi propio apartamento”.

Nunca ha negado que es una romántica incorregible, pero cuidado, también dice que no necesita una relación para sobrevivir. Ésa sólo es la guinda del pastel. Palabras textuales que cualquier psicoanalista aprobaría como saludable filosofía de vida. Quizá es que a Jennifer, en el fondo, no le pase nada. Quizá el problema lo tengan ellos. Quizá ella sea feliz así. Más feliz que nunca.

Una de risas, amor y autoayuda made in Hollywood

“¿Qué les pasa a los hombres?” está basada en el best seller de autoayuda “¿De verdad está tan loco por ti?”, escrito por Grez Behrendt y Liz Tuccillo, asesor y guionista respectivamente de la conocida serie “Sexo en Nueva York”. 

• La película es otra vuelta de tuerca sobre un tema tan conocido como universal: la eterna guerra de sexos contada a través de cuatro mujeres y sus desbarajustes amorosos. 

• Uno de los puntos fuertes de la producción es el sentido del humor que destila, aún cuando se tocan temas como la infidelidad o la soledad en una sociedad excesivamente tecnológica. 

Además de Jennifer Aniston, en el filme participan otras estrellas como Drew Barrymore (que también produce la cinta), Jennifer Connelly, Ben Affleck o Scarlett Johansson, entre otros.

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA ENTENDER A UN HOMBRE

Quién más quién menos ha pasado por alguno de los calvarios que describe “Qué les pasa a los hombres”. A saber:

Si no te llama… Desesperada por comprender el lenguaje de señales masculino, Gigi (Ginnifer Goodwin) termina escuchando los consejos de un camarero sin pelos en la lengua (Justin Long): “Si no te llama es que no está interesado”. Dice la actriz que es la historia de su vida. Pero, al menos, tiene remedio: “Mi consejo: una fiesta de pijamas de una semana y comer cajas y cajas de galletas”.

Si se acuesta con otra… Mala señal. Aunque se haga sin premeditación. Janine (Jennifer Connelly) y Ben (Bradley Cooper) llevan años casados. Entonces, aparece Anna (Scarlett Johansson). El triángulo amoroso está servido. “Aunque alguien sale herido, no puedes odiarlos. Ella no quiere robar un marido y él no está buscando un “affaire”. Esas cosas pasan”, dice Johansson.

Si no quieren verte… En vez de quedar Mary (Drew Barrymore) tiene citas a ciegas en el ciberespacio. Con la consiguiente dosis de confusión, mentiras y falsas esperanzas. Es la seducción del nuevo milenio, pero a la actriz y productora de la cinta no le convence: “Cada vez es más difícil ligar. Los chicos ya no llaman, el cortejo se hace ahora vía Facebook o Myspace. Es agotador”.

Si no quiere casarse contigo… Beth (Jennifer Aniston) y Neil (Ben Alfleck) llevan siete años de idílica convivencia, pero él, descreído del matrimonio, se niega a casarse y ella sufre en silencio porque desea la pertinente pedida, vestido blanco, banquete y ceremonia. Sólo es cuestión de quién cederá antes. O de si alguno se batirá en retirada.