Las esposas de nuestros presidentes del Gobierno, de perfiles muy diferentes, adoptaron en nuestra joven democracia una posición más bien discreta de “segunda dama”, muy conscientes del papel institucional que tienen la monarquía y la Reina.

• Amparo Illana.Adolfo Suárez. 1976-1981. La segunda dama que nunca quiso serlo. “Soy una mujer sencilla –decía–. Me disgusta la servidumbre del poder”. Nunca figuró un ápice más que lo que el protocolo marcaba. Tampoco había precedentes del rol que debía desempeñar, así que nadie echó nada de menos. En eso tuvo suerte, en lo demás no. “No creo que nadie haya sido feliz en La Moncloa”, dijo. Ella no lo fue.

• Pilar Ibáñez Martín-Mellado. Leopoldo Calvo-Sotelo. 1981-1982. Su marido tuvo un paso fugaz y convulso por el Gobierno. “Ella siempre estaba al quite. Fue la sombra omnipresente de una presidencia que se trabajó recorriendo pasillos”, dicen quienes vivieron aquella etapa de cerca. Siempre al lado de su esposo, le gustaba la política y sabía desenvolverse en los círculos apropiados.

• Carmen Romero. Felipe González. 1982-1996. Siguió el estilo discreto de Illana. Metida en luchas sindicales desde joven, implantó en la Moncloa el zapato plano y la normalidad. Siguió dando clases de Literatura en el instituto, defendió su independencia a capa y espada y educó a sus tres hijos lejos de la prensa. Sólo en el último mandato de González entró en las listas al Congreso como diputada por Cádiz.

• Ana Botella. José María Aznar. 1996-2004. Usaba el gabinete de su marido y se le pasaban todos los informes que ella creía oportunos. Muy pronto salió del segundo plano: reuniones con empresarias, presidencia de ONG... Dicen que a Aznar le dio por llamarla “Hilaria”, por Hilary Clinton. Llegó a contar con una secretaria, dos funcionarias de apoyo y una jefa de prensa. Ahora es concejala del Ayuntamiento de Madrid.

• Sonsoles Espinosa. José Luís Rodríguez Zapatero. Desde 2004. No quiere renunciar a su autonomía: ha mantenido al margen su vida privada, su familia (sus dos hijas no aparecen en público) y su actividad como soprano. Tal vez por ello, cualquier desliz suyo salta a los medios. Ha puesto su imagen en manos de Elena Benarroch y empieza a ser incluida en las listas de las mujeres más elegantes.