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¿Lastre o motor?

Anne Igartiburu

Una semana más, Anne Igartiburu nos ofrece una reflexión.

Al final nunca —o casi nunca— pasa nada. Como bien decían nuestras abuelas, todo tiene solución menos la muerte. Por eso, es preferible no preocuparse más que lo justo. Pero lo cierto es que hay circunstancias que hacen que nuestra inquietud se acrecente y nos crean tal malestar, que pueden incluso hacernos enfermar ‘de pesar’. La mayoría de las personas que somos vitales por principio, intentamos analizar la situación por capítulos para intentar encontrar la solución lo antes posible, poniéndole ganas y todo el entusiasmo.

No siempre se consigue, pero lo que es seguro, es que a fuerza de ‘entrenar’ este ejercicio, uno aprende a relativizar las cuestiones que nos parecen en un principio insuperables. Quizá también por ello, las personas que se nos presentan con aire lastimero continuamente, nos provocan cierto rechazo extraño que hace que nos lleguemos a sentir culpables de sus desgracias.

Son un auténtico lastre en nuestras vidas y nosotros se lo permitimos a diario, sin casi darnos cuenta de ello. Sabéis a lo que me refiero, ¿verdad? Son un clásico en todas las relaciones de amistad, pero sobre todo en las familiares. Porque si les cuentas algo preocupante que te ha sucedido recientemente, ellos siempre te mostrarán tener el mismo problema o, incluso, otro que acabe siendo aun más grave que el tuyo.

Así que, lógicamente, procuras no acudir a ellos nunca más en el futuro con tus problemas y, como consecuencia, puede que lleguen a conseguir lo que desde su subconsciente quieren lograr –que no es otra cosa que hacerte sentir mal por compartir tus preocupaciones con ellos–. Absorben tu energía positiva, pero también se llevan tu afecto y compasión a cambio de su egocentrismo y más que evidente ‘sordera asertiva’.

Por supuesto, tu preocupación poco les importa y, en parte, nos hacen un favor, porque, como he indicado al inicio, casi nunca se convierte en el fin del mundo.

Y por el contrario, existe quien está abierto a escucharte, incondicionalmente sin juicio, y cuya red en esa posible caída de equilibrista está disponible para tus inquietudes más preocupantes. Aquel que puede intuir la botella medio llena y te lo hace ver.

Son los enemigos de la resignación y amigos ligeros de equipaje que te acompañan en el viaje de la carrera de obstáculos en la que, en ocasiones, se convierte la vida cuando menos te lo esperas. Ellos saben que otra perspectiva sobre el asunto en cuestión puede hacer que tu visión cambie. Como también que su actitud abierta y serena hará que, quizá tú, salgas reforzado y lo suficientemente motivado para hacerle frente con otra energía.

Ese tipo de personas que tenemos alrededor se convierten en el motor de tu vida justo cuando más lo necesitas. Y de ellas aprendemos para así mismo imitar en lo posible el ejemplo.

En nosotros está, al fin y al cabo, elegir a quién pondremos cerca y lo que queremos hacer con aquel que se convierte en eso que, de forma popular, llaman ‘vampiro emocional’. También está en nosotros decidir qué postura tomaremos ante los contratiempos que se nos interponen en el camino de la vida: ¿acabará convirtiéndose en un lastre o será el motor de nuestro pequeño mundo?

Las claves son: compasión sincera, visión objetiva y real de los hechos, sentido del humor, afecto incondicional y, sobre todo, ganas de construir desde el ahora, dejando el ayer y el mañana a un lado del tapete emocional.


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