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No en nombre de Dios

Anne Igartiburu

La reflexión de la presentadora.

Si miedo ni resignación. Barcelona saca sus flores a la calle y, sin perder la calma, también pone la energía suficiente para no detenerse. Se reflexiona ahora, entre otras muchas cosas, sobre lo que se pudo hacer para evitar este dolor y lo que se hará de ahora en adelante. Sumando fuerzas y aunando corazones, sacamos la cabeza del aturdimiento inicial por tanta barbarie, mientras los medios de comunicación informan de novedades sobre las piezas de este rompecabezas descabezado. Una tristeza que nos embarga y la impotencia por muertes de inocentes junto al dolor de sus familiares termina por reinar en el alma de todos.

Unos días después de este sueño horrible, compruebo cómo algunas voces exigen a los musulmanes que se posicionen en contra de estos atentados, como si ellos debieran más que nadie hacerlo. Y considero que, ahí, debemos detenernos un instante. Es loable, de agradecer e, incluso, valiente en algunos casos, comprobar que creyentes musulmanes condenan estas muertes y que familiares de los que parecen haber sido atrapados por la sinrazón, rechazan los actos hasta de sus propios hijos. Pero todos sabemos que son los asesinos los que se han apropiado de una fe de manera totalitaria, interpretando como a ellos les conviene el Corán. Y si no nos habíamos dado cuenta, deberemos de hacerlo, para evitar, precisamente, lo que los terroristas pretenden, que no es otra cosa que seamos igual de ignorantes que ellos y crear miedo y confrontación.

Es cosa de todos y hay que estar atentos a los intereses que se pueden esconder detrás de todo lo sucedido. Ni los musulmanes quieren dejar de serlo –como el cristiano tampoco–, ni la ‘infidelidad’ reside en escuchar música o maquillarse, por decir algo. Es momento de que el nombre de Dios, de la fe, de la espiritualidad, sea cual sea, y, sobre todo, de la humanidad, gane al miedo y al radicalismo y alcemos fuerte la voz por la unidad. Algo que contrasta, por ejemplo, con ataques ultras contra la comunidad musulmana en una mezquita en Granada y otros tantos gestos equivocados que no llevan a nada más que a avergonzarnos. Que nadie es más que nadie es una obviedad para muchos. Y, por eso, me parece forzado exigir que, sobre todo, sean los musulmanes los que condenen estos atroces actos. Quiero pensar que estos asesinatos en nombre de su dios, les duelen a los casi dos millones de fieles tanto o más que a los demás. Y que, aunque haya personas empeñadas en aferrarse a su propia creencia, otros lucharemos por la convivencia de todos los credos necesarios. Lo contrario sería volver a épocas de inquisición y herejías que hemos aprendido en la historia de esta Europa que hoy grita en silencio por la paz.

Estos asesinatos no están hechos en nombre de ningún dios. Porque ninguno permitiría el odio frente a la compasión y al amor entre humanos. El pálpito de Barcelona vuelve subiendo persianas y abriendo el corazón, como lo ha hecho siempre. Uno de los ejes más importantes del turismo y de la cultura de nuestro país, la ciudad olímpica por excelencia para nosotros, ha tenido la peor de las pesadillas, pero acaba de mostrarse unida, ejemplar ante el mundo y, sobre todo, por encima del terror. Ahora ‘ramblear’ significa algo más que bajar las Ramblas. Es una actitud que va en el alma de los barceloneses y que queremos imitar.


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