"Yo no soy feminista, pero..."

  • Son fuertes, poderosas, influyentes. Modelo de comportamiento para millones de niñas y adolescentes, escriben y cantan sobre el valor y la capacidad de las mujeres. Sin embargo, ponen mucho cuidado cuando tienen que definirse. ¿Cuál es la razón?

La palabra, admitámoslo desde el principio, incomoda. Pica como esa vieja manta de lana que sabes que calienta pero que evitas echarte encima por aparatosa y fea. Es posible que o que, al gritar “¡Feminista!” en el metro en hora punta, muchos y muchas corran hacia la salida de emergencia. Las reacciones –y el miedo– son libres. Sobre todo para las estrellas, que se encuentran entre la espada de sus mensajes, que defienden y rearfirman el valor y las capacidades de la mujer, y la pared de un público con el que deben congraciarse si quieren seguir en el escalón más alto de la lista de ventas.

Tomemos, por ejemplo, a Beyoncé, una mujer hecha a sí misma, rica e influyente por derecho propio y modelo a seguir para trillones de adolescentes en todo el mundo. Todas sus canciones hablan de mujeres independientes y luchadoras. Sin embargo, confesó a la edición británica de la revista Vogue que “esa palabra [el feminismo] puede ser muy radical”. A lo que añadió: “Supongo que soy una feminista de los tiempos modernos. Creo en la igualdad. ¿Por qué has de elegir entre un tipo de mujer u otro? ¿Por qué ponerse una etiqueta? Soy simplemente una mujer, y me encanta”.

El modelo “sí, pero no” tiene acólitas en el “showbusiness”. Katy Perry declaró: “No soy una feminista, pero creo en la fortaleza de las mujeres”. Carla Bruni, exprimera dama francesa, hasta prefirió la censura de clase a ser “tachada” de feminista: “Para nada soy una feminista radical. Al contrario. Soy una burguesa. Me encanta la vida familiar y hacer todos los días lo mismo. En mi generación no necesitamos ser faministas”. Desde un limbo igualitarista, la joven Taylor Swift confesó: “No creo que exista tal cosa de los chicos contra las chicas. Fui educada por unos padres que me inculcaron la creencia de que, si trabajas tan duro como ellos, puedes llegar lejos en la vida”. Mientras, un fenómeno mediático como Lady Gaga asume en sus declaraciones que el feminismo rechaza a los hombres: “No soy una feminista. Saludo a los hombres. Amo a los hombres. Celebro la cultura masculina americana: cerveza, bares y coches potentes”.

La sorpresa de manifestaciones de este tipo se congela en mueca cuando proceden de cabezas, a priori, mejor amuebladas. La de Madonna puede ser una de ellas: “No soy feminista, soy humanista”. O la cantautora PJ Harvey: “No pienso en ello. No veo que exista ninguna necesidad de tomar conciencia de ser una mujer en este negocio. Simplemente, me parece una pérdida de tiempo”. O de la islandesa Björk: “Creo que asociarme con el feminismo me aislaría. Mi madre sí ha sido feminista. La he visto sola toda su vida, rechazada por los hombres y, por tanto, por la sociedad”.

Mensajes pervertidos


Desbrozar este mix de estereotipos, falsas presunciones y marketing es una tarea hercúlea. Desde el influyente blog “Señoras que hablan de música”, un punto y aparte en lo que a la detección del sexismo en la cultura pop se refiere, sus autoras señalan la perversión de los mensajes con los que, supuestamente, pretenden loar el empoderamiento de la mujer. ¿Ejemplos? El que canta Beyoncé en “Independent woman” al decir que ahora compra sus “propios diamantes y anillos”; o el de Azúcar Moreno cuando cantan “quema la Visa, vive deprisa. Esta es la solución”. En el fondo, que estas divas del negocio del espectáculo den explicaciones sobre feminismo es como pedirle a la ultraconservadora política norteamericana Sarah Palin que haga nudismo en Ibiza. Un despropósito.

Rocío Orsi, doctora en Filosofía, profesora en la Universidad Carlos III y miembro del Grupo Kóre de Estudios de Género, se atreve a deshacer este nudo gordiano: “El rechazo de las “famosas” al feminismo es un caso particular del rechazo que se aprecia en la sociedad, y que se explica por una deficiente comprensión de lo que significa y ha significado en la historia”. Mientras, los autores de “Señoras que...” (Irene G. Rubio, Víctor Lenore, Marta G. Franco y María Bilbao) apostillan: “Miles de mujeres disfrutan de sus conquistas pero no reconocen el crédito de este movimiento, como si los derechos hubiesen caído del cielo”.

“Pero en el caso de estas famosas –prosigue Orsi–, el rechazo también tiene que ver con una identificación simplista, pero muy extendida, de las feministas con mujeres rabiosas y antifemeninas. Si el triunfo de muchas de estas famosas se basa en explotar los que tradicionalmente han sido considerados como encantos femeninos, es lógico que no quieran asociarse con alguna forma de “antifeminidad”, reflexiona.

¿Cuestión de etiquetas?

El meollo de la cuestión lo destapa Rocío Orsi: “Que se desmarquen es normal porque sospechan, con razón, que este movimiento se propone romper con roles y concepciones que su trabajo refuerza y da por supuestos. Me refiero a todas aquellas figuras que –como el paradigma de la perfecta casada, la idea de mujer como “perla del hogar” o el mito de la mujer fatal– pretenden fijar unos intereses y pautas de comportamiento “típicamente femeninos”.

Sin embargo, fuera del territorio del espectáculo, tan potente en lo simbólico, pero tan poco trascendente en lo real, se suceden rechazos que son todavía más significativos. Ana Caballé, señala un reciente caso en su libro “El feminismo en España. La lenta conquista de un derecho”, que acaba de publicar la editorial Cátedra: “Con pocas semanas de diferencia, he leído dos libros en los que sus autoras, reconocidas periodistas y escritoras, hacen saber a sus lectores que el planteamiento de sus obras no es feminista [...]. Tal vez porque consideran que les restaría lectores o las ubicaría en un gueto al que no quieren pertenecer”. Sin embargo, también las hay que reivindican el feminismo (con matices, es decir, con un “sí, pero...”) y siguen siendo superventas.

Un ejemplo es la inglesa Caitlin Moran, que acaba de publicar en España “Cómo ser mujer” (Ed. Anagrama), un ensayo autobiográfico que ha vendido en su país medio millón de ejemplares hablando con humor de las dificultades de construirse una identidad femenina hoy. “El feminismo tradicional ha llegado a un punto muerto porque ha caído en manos de unas pocas eruditas –dice Caitlin tratando de desdramatizar–, pero es algo demasiado urgente, trascendental y y divertido como para que quede solo en sus manos. [...] ¿Por qué no hablan de las bragas enanas, las depilaciones brasileñas, del poder de la palabra “gorda” y las noches de juerga solo para mujeres? Esos son los temas que hay que abordar”.

Según las encuestas, menos del 3% de las españolas se definen como feministas. ¿Haber nacido en una sociedad donde la igualdad de derechos se da por conquistada nos ha impedido percibir nuestros intereses como colectivo? “Hay muchos intereses en torno al sistema económico y político, encantados de tener a tantas mujeres preocupadas por asuntos personales y no colectivos”, dice Anna Caballé. También los hay que utilizan argumentos como el de la corrección política para mofarse de las reivindicaciones feministas. “Pero lo políticamente correcto no es un formalismo vacío”, explica María Bilbao. ¿Será el auténtico cambio, que cuestiona los roles de género, el que da miedo a las “celebrities”? 

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