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¿Quieres protegerles? Déjales volar

Algunos padres viven la paternidad como guardaespaldas. Pero olvidan que la mejor protección es la que los hijos aprenden a construir por sí mismos.

Niño cruzando un paso de cebra
Niño cruzando un paso de cebra Getty

MAdrid

Debería dejar que pasee al perro él solo?"; "Tengo que examinar su cuenta de Instagram, para saber a quién ha autorizado el acceso". "Si no controlara su agenda, nunca haría los deberes, es tan despistado...". "¿Le compro un móvil? Así estaría más tranquila". ¿Cuántas veces nos hemos hecho estas preguntas? ¿Cuántas veces hemos justificado estas decisiones con el argumento de que es muy pequeño, de que así estará más seguro, de que ya tendrá tiempo para hacerse autónomo?

Los padres y madres helicóptero, tigre, agenda, apisonadora o guardaespaldas van en aumento. Los progenitores hablan en plural "Uy, ¡cuántos deberes tenemos hoy!", llevan la agenda escolar y social de sus hijos, reclaman al profesor ante la más mínima regañina, hacen los trabajos manuales como si de proyectos de ingeniería se tratase, controlan a distancia a sus vástagos con todo tipo de aplicaciones el móvil ya no es suficiente, no ponen límites a interrupciones y demandas "Necesitan sentir que estoy siempre disponible", les van a buscar si al segundo día se sienten mal en el campamento... y, llegado el momento, les hacen hasta la matrícula de la Universidad, algo que en Estados Unidos, según un estudio reciente de la Universidad de California, les ocurre a nueve de cada 10 estudiantes.

"Proteger no es solo amparar; es, sobre todo, enseñarles a defenderse"

La crisis económica y la incertidumbre que provoca, la percepción de los hijos como posesiones muy valiosas en una sociedad donde cada vez cuesta más tenerlos, el aumento de la competitividad, el perfeccionismo una especie de profesionalización de la maternidad en mujeres de alto nivel cultural o el miedo a la desatención emocional en un entorno con horarios muy exigentes y un ritmo de vida estresante son algunos de los factores que llevan a los padres a entender su papel como un permanente y agotador desvivirse por los hijos.

Los padres y madres se convierten en vigilantes que resuelven, allanan el camino y funcionan como una barrera defensiva ante cualquier posible decepción con los amigos, conflicto escolar o frustración de la vida diaria.

Efectivamente, duele que los hijos sufran, que su amigo del alma les abandone, que un profesor les trate injustamente o que lo pasen mal porque no son los mejores del equipo de baloncesto. Y, efectivamente, tenemos cada vez más información sobre los riesgos de internet, los mecanismos del bullying, las técnicas de depredadores y acosadores. Y queremos que sean creativos, deportistas y políglotas.

Los peligros son reales, los retos también y el deseo de ayudar de estos padres formados y sensibles es bienintencionado... pero erróneo. No es lo mismo proteger que estar siempre preocupados y pendientes. Proteger no es solo amparar: es, sobre todo, enseñar a defenderse.

Y esta tarea, a menudo, queda enterrada entre otras asignaturas parentales como la estimulación, la educación académica, la supervisión. Pero resulta crucial. Es la enseñanza de la vida: fortalecerse ante el fracaso, el sufrimiento, las dificultades. "La vía para ese aprendizaje es ayudarles a vivir de cara a la realidad señala Catherine LÉcuyer, autora de los best-seller Educar en el asombro y Educar en la realidad (Plataforma). Y, para ello, hay dos facetas clave: la autoestima, pero también la humildad".

"Tanto la una como la otra prosigue LÉcuyer, experta en educación, colaboradora del grupo de investigación Mente Cerebro de la Universidad de Navarra y autora de un blog que recibe 150.000 visitas al año (www.apegoasombro.blogspot.es) les permiten verse tal como son, con sus fortalezas y sus puntos débiles. Sin autoestima, se infravaloran; sin humildad, se sobrevaloran.

Cuando dejan de ser realistas consigo mismos, se activan en ellos mecanismos de defensa que pueden llevar a la arrogancia, la tristeza, la violencia, la inseguridad o la victimización, raíz de muchos problemas sociales, como el acoso escolar".

La fortaleza también es importante, pero es el segundo paso, argumenta LÉcuyer: "Cuando un niño tiene una autoestima robusta, se le puede empezar a exigir y marcar límites. que ayudan al niño a ser agradecido y asombrarse ante lo que descubre y recibe".

Asombro, agradecimiento, humildad. Son palabras que suenan raras en un manual de paternidad donde parece primar, sobre todo, el capítulo "Cómo conseguir lo mejor". Quizá no son los niños los que son vulnerables o frágiles, sino nosotros, sus padres: una generación muy preparada, que ha llegado a la familia tarde (al final de la treintena en un gran número de casos) y que, con buena voluntad, piensa que a ser buen padre también se aprende.

Quizá el problema es confundir protección con sobreprotección. "Cuidar de los hijos, atender sus necesidades y estar atentos a lo que les pasa o a quiénes son sus amigos no es sobreprotegerlos -afirma la pedagoga Nora Rodríguez, autora de Neuroeducación para padres (Ediciones B) y directora del proyecto Happy Schools. -Impedirles experiencias propias de su edad sí; y es algo que va en aumento. A menudo, porque no se está con ellos el tiempo suficiente para ver cómo van resolviendo perfectamente muchos problemas".

Rodríguez señala la ansiedad social como un factor decisivo en esa vulnerabilidad de los padres.

Rodríguez señala la ansiedad social como un factor decisivo en esa vulnerabilidad de los padres, que se dispara por un exceso de información negativa en los medios de comunicación. "Y ante eso, se tiende a educarlos aislados y controlados en casa, frente al ordenador. Pero hay que confiar en sus capacidades".

Enseñar a pensar antes de actuar: esa es la estrategia, señala Nora Rodríguez, para que los niños aprendan a protegerse ante los dolores de la vida y los peligros de las pantallas y las aceras. Una estrategia sensata que, sin embargo, parece olvidada hoy. Se da por hecho, sistemáticamente, que los niños son impulsivos y despistados, y que para pensar ya están los padres.

"Hoy no se les enseña a pensar asegura Rodríguez.Por ejemplo, cuando se hacen daño tendemos a tapar el dolor con distracciones; pero es mejor que contacten con lo que sienten, que reflexionen y que saquen una conclusión sobre qué podrían haber hecho para evitarlo". Y ahí los padres pueden guiarlos. "No sirve que les digan: "Tendrías que haber hecho esto o aquello", dice Rodríguez.

Pero los padres sí pueden poner en sus manos recursos. Por ejemplo: "Si ves que alguien te sigue, entra en la tienda más cercana y pide que me llamen por teléfono". Los hijos aprenden y buscan recursos a partir de su propia experiencia.

"Un padre histérico no deja al niño tener iniciativa y equivocarse explica LÉcuyer, por su parte. Hemos de dejar que nuestros hijos se manchen y suban a los árboles. La mejor manera de ayudarles es dejar que se midan con la realidad, que aprendan de sus propios errores. De lo contrario, se sentirán frustrados al darse cuenta de que su percepción no coincide con la realidad".

Es esencial que los padres sean conscientes de que los hijos tienen una existencia propia, original y personal

Nora Rodríguez

"Es esencial que los padres sean conscientes de que los hijos tienen una existencia propia, original y personal -continúa Nora Rodríguez.- En muchos casos, el miedo a que les ocurra algo está relacionado con la propia educación recibida. Hay que tener muy presente que, a medida que crecen, aumenta su necesidad de independencia.

Es en este paso de una etapa a otra donde, a veces, se dibuja la línea invisible que separa el cuidado de la sobreprotección. Cuidar es dejar crecer, aceptar los cambios; es un acto de comprensión del otro. Sobreproteger es producto de una implicación emocional tan excesiva y controladora que convierte una relación favorecedora en otra de menor calidad".

La pregunta que se hacen los padres es: ¿tenemos más razones que antes para estar preocupados? Dos de cada tres jóvenes han sufrido acoso escolar y más de 9 de cada 10 creen que el bullying es un problema generalizado en sus comunidades, según datos de Unicef, a partir de una encuesta mundial entre 100.000 niños y adolescentes. "Hay una mayor difusión de la violencia responde Nora Rodríguez. Es parte de la mercadotecnia. Se vende violencia, se compra violencia y se imita la violencia".

Para Catherine LÉcuyer, "es lógico que haya más violencia, sencillamente porque el entorno al que están expuestos los niños (videojuegos, contenidos audiovisuales) es más violento. No creo que dramaticemos la violencia, más bien pienso que la banalizamos. Nos preocupa el acoso escolar, pero no le damos importancia a los juguetes bélicos, ni a la violencia de ciertos videojuegos; ni siquiera a la falta de delicadeza, a la arrogancia, a la vulgaridad y al ritmo frenético de algunas películas supuestamente infantiles", concluye.