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El Nueva York de Susan Sontag

Siempre se piensa en las ciudades a través de sus autores más conocidos: el Buenos Aires de Borges, la Lisboa de Pessoa... Pero muchas metrópolis han sido escritas, sobre todo, por mujeres. Empezamos esta serie de viajes literarios.

En su apartamento en el año 2000 (cuatro años antes de fallecer).
En su apartamento en el año 2000 (cuatro años antes de fallecer). d. r.

Iré a Nueva York. Atravesaré el puente de Williamsburg, que cruza el East River entre Brooklyn y Manhattan. Regresaré a Nueva York, pero esta vez lo haré siguiendo los pasos de Susan Sontag. Nunca antes había pensado en ella como la gran escritora neoyorquina. Sontag es internacional. Sontag es París cinemático y Sarajevo esperando a Godot; Vietnam y Cuba, políticamente tan intensas; Italia una y otra vez; California y sus universidades de prestigio; Chicago y sí, también, Nueva York. Pero la identificación no es automática, como sí ocurre con Paul Auster o Woody Allen.

Y sin embargo, tan natural, tan justa, porque fue la ciudad de su nacimiento y de su muerte, de sus primeros pasos en el mundo cultural y de su lanzamiento fulgurante a la sobrerrealidad de las estrellas, la metrópolis que dio sentido a su vocación europea, por su condición de puerto y de crisol, un oasis cosmopolita rodeado de tanto desierto. De modo que, en efecto, iré a Nueva York. Atravesaré el puente de Williamsburg, que cruza el East River entre Brooklyn y Manhattan, y redescubriré esa ciudad fascinante que tantas otras veces he visitado, esa vez futura con el espíritu de Sontag como cicerone.

La vida de Susan Sontag está bien documentada. Por un lado, en sus diarios y escritos autobiográficos. Por el otro, en libros como Susan Sontag. Intelectualidad y glamour. Una biografía (Tajamar Editores, 2015), de Daniel Schreiber, donde leo que nació el 16 de enero de 1933 en el Woman´s Hospital de Manhattan, con el nombre de Susan Lee Rosenblatt. Su padre era dueño de una empresa peleterera en Tianjin, China. El matrimonio regresó pronto a Asia y dejó a Susan al cuidado de una niñera y de los abuelos. Ella siempre recordó la pulsera de jade que le regalaron sus progenitores para su cumpleaños, tan preciosa que jamás se animó a ponérsela.

Su padre murió cuando era una niña y la familia acusó la decadencia económica en forma de doble mudanza: a California y a Tucson. Cuando Susan tenía 12 años, su madre se casó con Nathan Sontag. Con 16 años ingresó en la universidad. A los 17 se casó. A los 19 fue madre. Asistió embarazada a clases de Filosofía en Harvard. Durante esos mismos años fue asumiendo, en paralelo, que era homosexual.

En el MOMA se conservan sus películas y los "screen test" que Warhol hizo de ella.

Antes de enamorarse de Nueva York, se enamoró de París, donde tras divorciarse vivió a finales de los 50 con su hijo David; se enamoró de nuevo -pero esta vez no solo intelectualmente, sino también con cada una de las células de su cuerpo- de una mujer fascinante, Harriet Sohmers, que después se mudaría también a NYC; frecuentó los cafés y la filmoteca y leyó tanto. Su diario está lleno de listas, sobre todo de libros y de películas, como si temiera que se olvidara todo lo que leyó, miró, pensó; o como si necesitara que el lector futuro fuera testigo de tamaño esfuerzo de aprendizaje y de análisis, de absorción. Porque Sontag era una esponja, una máquina cultural, interesada por todas y cada una de sus manifestaciones. Parafraseando el título del libro de Serge Gilbaut, Sontag vio en París cómo Nueva York le había robado la idea del arte moderno y regresó a su ciudad de nacimiento con la sólida intención de apropiarse del alma del pensamiento moderno en la capital del siglo XX.

Imagen del skyline de Nueva York.
d. r. Imagen del skyline de Nueva York.
Junto al escritor de la generación beat Williams Burroughs, en 1976.
d. r. Junto al escritor de la generación beat Williams Burroughs, en 1976.

Entre la bohemia y el mainstream

Llegó con su pequeño David a Manhattan en 1959 y entró a trabajar en la redacción de la revista Commentary. Se alojaron en un apartamento de la West End Avenue, entre la 74 y la 75, en el que entonces era el barrio artístico del Upper West Side. Pronto comenzó a dar clases en el City College y, poco después, en Columbia. Y a asistir a las fiestas donde el happening, el cine, los tríos y la tertulia literaria convivían en relativa armonía, en esa realidad paralela a la de los ejecutivos de Mad Men que Don Draper explora a veces, encontrándose en locales alternativos a performers, los últimos beatniks, los primeros hippies.

Amante de la noche y, sobre todo, de la agenda cultural, Sontag supo alternar la bohemia con el mainstream. Tras la publicación de su primera novela, El benefactor, empezó a ser invitada tanto a las reuniones en casas de poetas underground y las inauguraciones en galerías de vanguardia, como a las fiestas de su editor, el poderoso Roger W. Straus, en su lujosa morada de Upper East Side. Fue así como entró en conversación con los intelectuales más influyentes de la Gran Manzana, de modo que, cuando la huelga de impresores de finales de 1962 congeló la publicación de The New York Times y de su suplemento literario, Sontag ya participaba de las reuniones que darían lugar a una nueva revista, New York Review of Books, donde publicaría sus lecturas y sus intervenciones durante el resto de su vida.

Un día cualquiera de 1960 para Sontag, según leemos en Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964 (Literatura Mondadori, 2011), es así: se despierta a las siete, va al MOMA, come con alguien, ve una película, toma un café con otra persona, recoge a David, le prepara la cena, lo acuesta, se va a una fiesta, compra entradas para una película de vanguardia, pasa por Times Square, ve una película de Bardot, llega a casa a las cuatro de la mañana. Y los domingos: paseo por Central Park, desayuno en Rumpelmayer´s, películas en Carnegie Hall, Frank´s Pizza, benzedrina.

Porque la ciudad es para Sontag sobre todo una red de lecturas. Pero también hay tristeza y depresión en su vida urbana. Ve en Nueva York una sucesión de oportunidades culturales: exposiciones, proyecciones, espectáculos, interlocutores, cafés, discotecas, deslumbramientos. Pero al mismo tiempo es madre divorciada. Y tiene que dar clases y escribir artículos para vivir. Y quiere escribir libros. Y se desespera. Confiesa en un momento extraño y sintomático de sus diarios que está loca, pero nadie se ha dado cuenta.

Pese a las casas de las fiestas, los teatros y los cines de vanguardia, las redacciones de las revistas o las aulas universitarias, el Nueva York de Sontag no es solo de interiores. También es exterior: las calles, los parques, Central Park. Y, a partir de la guerra de Vietnam, cuando empiezan a multiplicarse las protestas, incorpora a su GPS analógico todos esos puntos del plano metropolitano que se politizan radicalmente, porque la lucha colectiva pasa siempre por la ocupación del espacio público.

Junto con el poeta beat Allen Ginsberg, la urbanista Jane Jacobs y varios centenares de intelectuales y estudiantes, en diciembre de 1967 participó, por ejemplo, en el bloqueo de la entrada de la oficina de reclutamiento del bajo Manhattan: fue una de las 264 personas detenidas por la policía, de modo que la comisaría donde pasó dos horas de su vida también merecería una crucecita en el Nueva York de Susan Sontag.

Aunque su primera ficción ya tuviera muchísimo eco, fueron sus dos libros de ensayo los que la convirtieron en una estrella mediática de los años 60 y en una intelectual con auténtica influencia en la opinión pública. Todavía leídos y discutidos, Contra la interpretación (Alfaguara) y Estilos radicales (Debolsillo) son dos antologías de textos analíticos donde proponía claves para entender la fotografía, el cine europeo o lo camp (primer paso para derribar el muro entre la alta y la baja cultura), que la convirtieron en mucho más que una escritora: en un icono.

Pupulaba de una casa a otra, de un cine a un teatro, de un café a una librería...

Y es que, al tiempo que crecía la circulación de sus textos, lo hacía la de su imagen. Desde Andy Warhol, que le dedicó siete screen test (películas retrato de tres minutos) durante su juventud, hasta Annie Leibovitz, que la retrató en la madurez (y fue su pareja), pasando por decenas de artistas y fotógrafos, consagraron parte de sus esfuerzos a popularizar el rostro desafiante, enmarcado por la melena con canas, de aquella mente privilegiada, de aquel símbolo del feminismo, de aquella escritora cosmopolita. Ella misma, siempre comprometida con los retos artísticos e intelectuales, siempre experimental y decidida, llevó de la teoría a la práctica su obsesión por la imagen, la fotografía y el cine, escribiendo, dirigiendo y montando sus propios largometrajes.

Fue precisamente en Suecia, a finales de 1969, mientras estaba trabajando en el rodaje de Brother Carl, donde echó intestinalmente de menos Nueva York, algo que hasta entonces no le había pasado nunca en Europa.

Sus enclaves:

  • Biblioteca de Columbia. La Universidad de Columbia, donde dio clases Sontag, fue fundada en el siglo XVIII. Entre sus exalumnos destacan presidentes como Roosevelt u Obama, y escritores como Lorca o Auster. El campus se extiende por seis manzanas de Morningside Heights, en el alto Manhattan. La Butler Library es la más grande de Columbia y atesora colecciones de literatura, filosofía, historia y religión. Contiene dos millones de volúmenes, 306 de los cuales son obra de la escritora o están dedicados a ella.
  • Central Park. Como dice Rem Koolhas en Delirio de Nueva York, Central Park permite acceder a la arqueología mítica de la ciudad, esos estratos que hablan de cuando conquistó la naturaleza y la suplantó por este simulacro. Inaugurado en 1873, respondió a la necesidad de disponer de un lugar de ocio al aire libre, cuya ausencia remediaban los habitantes en los cementerios. Tras el esplendor inicial, entró en decadencia por la división política. En los años 30 se le encargó a Robert Moses revitalizarlo y convertirlo en la institución que es ahora (más de 40 millones de visitantes al año). A Sontag le encantaba pasear por sus senderos.
  • McNailly Jackson. Estoy convencido de que el carisma de la librera Sarah McNally habría seducido a Sontag. Su encantadora cafetería, donde muestran orgullosos una gran máquina de imprimir libros bajo demanda, es un auténtico centro cultural, donde son prologadas o tienen su epílogo las presentaciones y mesas redondas que acoge la librería. La Fundación Susan Sontag convoca periódicamente un premio de traducción que intenta preservar el espíritu de una gran traductora. Quizá sea McNally Jackson -que cuenta para sus actividades sobre cultura en español con un gran gestor cultural, Javier Molea- la librería que mejor representa en Manhattan esa idea de ciudad abierta al mundo, barco o puerto, crisol extraterritorial.
  • Zona Cero. Annie Leibovitz [;su pareja] fotografió a Sontag en su visita a los restos de las Torres Gemelas, pocos días después del atentado de 2011. Ahora, la Zona 0 puede visitarse como lo que es ahora: una gran atracción turística. En ella se inauguró en 2014 el rascacielos más alto de la ciudad, el One World Trade Center, con vistas panorámicas desde sus miradores en las plantas superiores; pero el turismo se funde con la memoria histórica sobre todo en el 11-S Memorial, donde 400 robles blancos recuerdan a las 3.000 víctimas mortales y dos cascadas gemelas, a los símbolos derribados por los terroristas.
  • MOMA. El Museum of Modern Art es el máximo emblema de la ambición de Nueva York de convertirse en epicentro del arte contemporáneo mundial. Desde que abrió en 1929 no ha hecho más que organizar exposiciones que marcan las tendencias globales. Son innumerables los vínculos de Sontag con la institución: forman parte del fondo del MOMA los screen tests de Warhol en que aparece ella, las películas que dirigió Susan y muchas de las fotografías de grandes artistas que la retratan. El penúltimo ejemplo de esa estrecha relación fue la presentación en 2014 del documental Regarding Susan Sontag, de Nancy Kate, producido por HBO.
  • 340 Riverside Drive. En un apartamento de este edificio noble, de más de 10 pisos, pasó Sontag gran parte de su vida adulta. Entonces, el Upper West Side era un barrio de escritores (vivían Salinger, Philiph Roth, Norman Mailer). En los 60, el restaurante de referencia de los artistas estaba en el Upper East Side: era Elaine´s, que cerró en 2011, y puede verse en Manhattan, de Woody Allen. Hacia el final de la década, la contracultura -con Andy Warhol como capitán- se apropió del Max´s Kansas City (Union Square). Pero también cerró, como Da Silvano (Greenwich Village), otro de los favoritos de Sontag. Todas esas clausuras se relacionan con un hecho indiscutible: la mayoría de los escritores de Nueva York viven ahora en Brooklyn, donde los precios son más razonables; y las reuniones se dan en domicilios privados.

Biblioteca de Columbia.
d. r. Biblioteca de Columbia.
Central Park.
d. r. Central Park.
McNally Jackson.
d. r. McNally Jackson.
Zona cero.
d. r. Zona cero.
MOMA.
d. r. MOMA.

La enfermedad como metáfora

Sontag estuvo a punto de morir a finales de los años 70 a causa de un cáncer con metástasis múltiples que según los médicos era terminal. En aquel momento, después de una estancia en París, vivía con su hijo David Rieff y la pareja de éste, Sigrid Nunez, en un penthouse de Riverside Drive.

Si el tratamiento no la dejaba agotada, seguía como siempre pululando de una casa a otra, de un cine a un teatro o viceversa, de un bar a un club (como el CBGB de Lower East Side, de espíritu punk). De la experiencia con la quimioterapia nació otro ensayo que seguimos leyendo para seguir aprendiendo de la maestra: La enfermedad como metáfora.

"Abandono la ciudad a manedo, pero siempre acabo regresando a ella".

Y de su casi milagrosa recuperación resultó una nueva etapa como académica, en el Instituto de Humanidades de la Universidad de Nueva York, fundado en 1976 por el imprescindible sociólogo Richard Sennett, que además era un gran cocinero, que prolongaba con cenas en su casa cercana los seminarios del centro. Como dice Daniel Schreiber: "El objetivo del instituto era liberar a Nueva York de su provincianismo literario e intelectual". Esa voluntad secundaba la misión a la que Sontag dedicó su vida: recordar siempre la esencia intelectual de la metrópolis. Ella veía la ciudad como "un barco fuera de Estados Unidos, anclado en un puerto", en los rostros de cuyos inmigrantes, por las calles, se reflejaba el mundo que más allá del horizonte "realmente existía".

d. r. Junto a su hijo, David Rieff, en una librería de Greenwich Village a mediados de los 60.
d. r. Un interior del MOMA, donde se sentía como en casa.
d. r. En su despacho.

El cáncer regresó a su cuerpo a finales de los años 90. El tratamiento, infinito, tuvo lugar en el hospital Mount Sinai. Lo documentó Annie Leibovitz. Una fotografía la muestra mientras una enfermera la asea. Otra, cuando la quimioterapia le arranca su icónica melena. En su cuerpo cada vez más cercano a la muerte se adivina la metáfora del fin de una época.

Pero se recuperó -por última vez. Y en el año 2000 descubrió ese nuevo mundo, ese eldorado llamado internet, que por supuesto la encandiló (hasta el punto de instalar en su casa varios ordenadores, todos ellos con conexión, para poder acceder a la información en cualquier momento del día). Siguió viviendo en Nueva York hasta el final, pero con largos viajes por el mundo y estancias en el apartamento de Leibovitz en París.

"Los paisajes solo me interesan en relación con los seres humanos".

Cuando volvía a casa, difícilmente pasaba en ella la velada: siempre había una inauguración en el MOMA o en una galería, una obra de teatro o un nuevo bar que la esperaba. El 11 de septiembre de 2001 Sontag se encontraba en Berlín: la hipnosis la vivió a través del televisor de su habitación en el hotel Adlon. Lo primero que hizo al regresar a la ciudad traumatizada fue peregrinar, desde el aeropuerto, a la Zona 0 y pasear por las ruinas. "Abandono la ciudad a menudo", leemos en Declaración, uno de los textos de Yo, etcétera (Debolsillo, 2008): "Pero siempre regreso". Y añade en Viaje sin guía, del mismo libro: "Los paisajes solo me interesan en relación con los seres humanos".

Por eso iré a Nueva York siguiendo los pasos de Susan Sontag, porque hasta ahora Nueva York y Susan Sontag han sido siempre dos viajes paralelos, sin puntos de conexión, sin cruces, sin puentes como el de Williamsburg, que une Manhattan con Brooklyn. O sin más intersecciones que las que ha ido ocurriendo durante 20 años en mi cabeza. Lo he decidido mientras escribía esta crónica o este artículo o esta proyección del deseo: iré a Nueva York después de haber escrito este texto levemente inspirado en Proyecto para un viaje a China, de Susan Sontag, que comienza con la frase "Iré a China" y termina así: "Quizá escriba el libro sobre mi viaje a China antes de ir".


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