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Dismorfia corporal o el miedo a vernos feos

Uma Thurman, Natalie Imbruglia, Tallulah Willis y Lily Allen son algunas de los famosas que han sufrido este trastorno.

Uma Thurman, una de las famosas que ha sufrido dismorfia corporal.
Uma Thurman, una de las famosas que ha sufrido dismorfia corporal. GTRES

"Pasé los primeros 14 años de mi vida convencida de que era demasiado alta y mi boca y mi nariz demasiado grandes". Estás palabras forman parte de una entrevista que la actriz Uma Thurman concedió a la revista 'Talk'. En estas mismas páginas, la intérpretede 'Pulp Fiction', 'Kill Bill', 'Batman Robin' y las 'Amistades Peligrosas', entre otros films, reconoció haber padecido dismorfia corporal (o dismorfofobia). Este síndrome de distorsión de la imagen, descrito por vez primera en el año 1886 por el psiquiatra italiano Enrique Morselli, es un trastorno que hace que una persona se vea a sí misma o, a una parte de su cuerpo, de manera totalmente distinta a cómo es en realidad. Esa parte en cuestión (o el cuerpo por completo) es visto por esa persona como feo, deformado y grande... No se tiene una visión real de nuestro aspecto físico, lo que provoca una obsesión que conduce a la angustia y al malestar.

Mayor incidencia en adolescentes

Según el Dr. Sergio Oliveros Calvo, psiquiatra que además es colaborador de Doctoralia, la dismorfofobia tiene su mayor incidencia entre los adolescentes, sin distinción de sexo. Según parece, este síndrome está relacionado con las transformaciones que nuestro organismo experimenta con la llegada de la pubertad. Estos cambios pueden comenzar a la edad de 12 años. Sin embargo, lo normal es que los casos más severos se den cuando la persona tiene entre los 15 y los 18 años de edad. Se calcula que el 1,5% de la población mundial padece dismorfia corporal, pero los expertos insisten en que dicha cifra puede ser poco fiable debido a que muchos afectados tratan de ocultar su problema y permanecen en el anonimato.

El 1,5% de la población mundial padece dismorfia corporal

Como dato curioso cabe señalar que, según algunas estimaciones, un 45% de las dismorfofobias nacen a partir de la nariz… aunque tampoco son extraños los casos de las dismorfofóbicos corporales que quieren operarse de abdomen, cuello, mandíbula, cabello, boca, senos, manos, piernas, glúteos, pies o genitales.

Fijación en una parte del cuerpo

Este dato sobre la nariz sirve para subrayar otro aspecto propio y característico de la dismorfofobia: el paciente no se suele obsesionar con todo su cuerpo -aunque puede darse el caso- sino con una parte del mismo. Además, esta fijación suele aparecer durante un periodo significativamente largo de tiempo (que puede ir desde meses hasta años). Durante ese plazo de se da una combinación de intrusión y angustia. En palabras del Doctor Oliveros "la dismorfobia impide a la mente salir de un bucle de pensamiento obsesivo".

Estas circunstancias hacen que el paciente de dismorfobia tengan una relación complicada con los espejos… lo que se transformará en dos modos de actuar: o no pueden soportar que haya un espejo cerca de ellos, o les es imposible dejar de mirarse en ellos. En este último caso, buscarán, en su imagen reflejada y de forma compulsiva, cada uno de sus defectos. Además. dicha obsesión les llevará a ocultar sus defectos ante amigos y familiares "lo que, en muchos casos, hará que los dismorfofóbicos se aíslen socialmente".

Dos tipos de pacientes

Según el Dr. Oliveros, existen dos tipos de dismorfofobios: de tipo neurótico y de tipo delirante. Sobre la primera, apunta que “el paciente tiene un convencimiento rígido de que una parte de sí mismo, al que considera deforme". Tal idea ocupa la mayor parte de su actividad mental, por lo que se muestra irritable, ansioso. Además, suele ser frecuente que padezca insomnio, autoaislamiento social y familiar o desinterés por la sexualidad (o por cualquier otra actividad placentera). A todo esto habrá que añadir una clara merma de su rendimiento académico o laboral. Lo normal es que el tratamiento de este tipo de pacientes se haga a través de una medicación con antipsicóticos, a la que el paciente suele responder con bastante rapidez”. En cuanto a los dismorfofobios delirantes, “tienen determinadas creencias, sobre su aspecto físico, que, siendo falsas, se asientan en la mente de la persona afectada como si fueran ciertas. En este caso, lo habitual es que sea necesaria una medicación que disminuya la rigidez de su pensamiento (inhibidores de la recaptación de serotonina, por ejemplo) pero sobre todo una psicoterapia que permita a la persona visualizar, afrontar y vencer al conflicto inconsciente subyacente”.

En todo caso, lo que no será un tratamiento será la cirugía… a la que suelen acudir muchos de estos pacientes. Según el Dr. Oliveros “la cirugía estética proporcionará, todo lo más, una satisfacción temporal. Cuando este efecto desaparezca, la ansiedad volverá con una mayor intensidad”, De hecho, según una investigación que la BBC hizo en el año 2015, tan sólo un 10% de los dismórficos que pasan por el quirófano consiguen librarse, definitivamente, de su obsesión”.

Los selfies como agravante

Los cirujanos plásticos lo saben: cada vez hay más gente que acude a sus consultas y, para apoyar la veracidad de sus defectos, les enseñan selfies. Es célebre el caso del británico Danny Bowman, quien, a sus 21 años, llegó a dedicar hasta 10 horas a sacarse selfies que luego compartía en redes sociales. “me los hacía hasta de madrugada”. Danny estaba obsesionado con parecer perfecto, genial, encantador... y los comentarios negativos le dejaban devastado. Llegó a dejar los estudios. Un día, su madre lo encontró medio dormido al lado de una caja de somníferos. Había intentado suicidarse. No morir en aquel momento fue lo que, paradójicamente le salvó la vida… no solo por el lavado de estómago que le hicieron a la llegada al hospital. Sobre todo, porque los médicos le dijeron que lo suyo era un trastorno mental y podía curarse. Es lo que se ha dado en denominar selficidio o selfie compulsivo.

En opinión del experto de Doctoralia, “selfie a selfie, la persona va construyendo una imagen (falsa) de sí mismo. De este modo, se va armando como un puzle sobre el espejo de los otros que, cree, representa la mirada de los otros”. El papel que el selfie juega en la alimentación de la dismorfofobia comienza por enfrentarnos a nosotros mismos. ¿Cómo? Decidiendo cuál es el papel que queremos interpretar en nuestro entorno social. A continuación, al salir de la casa, ya sabemos, ya tenemos formada, sobre la falsa imagen real que hemos fabricado de nosotros mismos, que papel nos dan los otros (o creemos que nos dan) a partir de la imagen que les transmitimos (o que creemos que les transmitimos). ¿El escenario? Las plataformas sociales. ¿El vehículo de transmisión de esa imagen a los demás? Nuestros propios selfies.

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