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Cuando la adopción es un fracaso

¿Por qué se devuelve un hijo? ¿Qué sucede cuando no surge el vínculo materno-filial? El trauma con el que llega un niño abandonado y unas expectativas no realistas de los padres pueden sabotear la nueva familia.

Cuando la adopción es un fracaso.
Cuando la adopción es un fracaso. getty

Renunciar a un niño adoptado es algo que sucede, pero de lo que no se habla. Quizá porque nos evoca lo más frágil del ser humano: la aflicción y el desamparo más insoportable de un niño confrontados a la incapacidad para ejercer la función materna o paterna de un adulto. En la historia de los niños adoptados, siempre hay una carencia extrema. La segunda "separación-abandono" que supone la devolución de los padres adoptivos implica reeditar el trauma del primer abandono, el que efectuaron los padres biológicos.

¿Una tarea imposible?

Yolanda Guerrero narra en su novela El huracán y la mariposa (Catedral) la historia más triste que una niña y dos mujeres, madre y abuela, pueden vivir. Emotivo, apasionante y valiente, este relato coloca a una mujer frente a una tarea imposible de cumplir: la de hacerse cargo de su hija adoptiva. La autora, en clave de ficción, cuenta cómo uno de los personajes decide adoptar, su ilusión cuando le entregan a su hija de siete años y su decepción, angustia y desesperación ante la imposibilidad de crear un vínculo con la niña. Cinco años después, cuando la pequeña cumple 12, la entrega a los servicios sociales.

Los arrebatos agresivos de la niña son el intento de descargar un trauma que destrozó su psiquismo cuando fue violada a los cinco años. La madre adoptiva, que no ha sido informada sobre la historia de la pequeña, tiene que vivir un infierno de violencia. Infierno que la niña vivió con su familia de origen y que trata desesperadamente de descargar en su madre adoptiva. Se refugia en su abuela, a la que, sin embargo, trata con afecto, relación que había tenido con su abuela biológica, la única persona que le dedicó un poco de protección.

Los padres que adoptan tienen que elaborar fantasías y temores y los niños, sus traumas y desamparos. Reeditar el trauma de un segundo abandono es difícil de tramitar psíquicamente. Veamos primero qué le sucede al niño y qué les pasa a los padres que adoptan. El menor llega a la adopción después de un abandono y con una historia en la que la miseria física y afectiva ha podido ser excesiva. Son niños pobres en todos los sentidos, porque nadie los deseó como para mantenerlos a su lado.

Prevenir el sufrimiento:

  • Si los padres hubieran preparado su mente antes de adoptar y supieran de las dificultades de las que se tendrían que hacer cargo, ¿hubieran podido contener a su hijo? Si los niños supieran la verdad y alguien les hubiera ayudado a transitar el cambio de familia, ¿hubieran sufrido menos síntomas?
  • Para adoptar un niño no hace falta solo tener amor: hay que tener mucha información", dice Yolanda Guerrero, en cuya novela cuenta que el resultado de la desinformación puede ser la desolación.

Un desapego desgarrador

John Bowlby, psiquiatra inglés que investigó sobre la influencia de la falta de cuidados maternos en algunas neurosis y trastornos de la personalidad, sostenía que si se repite durante los tres primeros años de edad más de una separación de la madre, el desapego experimentado por el niño puede prolongarse de manera indefinida.

La teoría del apego descrita por Bowlby señala hasta qué punto los niños que sufren estas circunstancias pueden plantear exigencias desmedidas o mostrarse airados y ansiosos cuando se sienten frustrados. Algunas de estas respuestas son las que daba el personaje de la niña en la novela de Yolanda Guerrero.

¿Se puede ayudar a un niño a elaborar su trauma? Si se supone que, por el hecho de dejarlo con una nueva familia, va a estar bien, se niega que tiene una subjetividad que le pertenece y una historia traumática que tiene que elaborar. Lo que el niño adoptado ha vivido forma parte de él, hay que decirle la verdad, ayudarle a expresar lo que vivió y contarle las razones de su adopción.

Françoise Dolto, psicoanalista infantil, afirma que a partir de los dos años, el niño puede desear su adopción y recomienda que se le explique la situación con claridad y se solicite su consentimiento. Los menores tienen que ser protagonistas de su vida. Hay una memoria emocional que todo niño tiene y guarda, aunque haya sido adoptado en los primeros meses de vida. Se pueden curar sus heridas, pero hay que saber que es un largo camino y requiere mucha paciencia.

El huracán y la mariposa:

  • La novela 'El huracán y la mariposa' (Ed. Catedral), de Yolanda Guerrero, pone palabras a un tema tabú. Tras haber vivido una experiencia parecida hace 20 años, la autora cuenta cómo una madre renuncia a su hija adoptiva. La novela promueve preguntas: ¿hasta que punto es recuperable una niña que ha sufrido demasiado en los primeros años de su vida? ¿Las instituciones que se ocupan de los procesos de adopción proporcionan la información necesaria? ¿Por qué puede abandonarse un proyecto de maternidad?

Se pueden curar sus heridad, pero es un camino que requiere paciencia.

En lo que se refiere a los padres, durante la espera de un niño siempre hay en su mente un hijo "imaginado", que corresponde a sus deseos y expectativas. Cuando el niño es adoptado y viene con una historia previa, en ocasiones desoladora, los padres no saben hasta qué punto tienen que enfrentarse a una situación que puede conllevar muchas dificultades, sobre todo al principio. Primero hay que curar las heridas emocionales que trae y después, cuando consigue tener confianza y puede empezar a diferenciar a esta madre como otra diferente a la biológica, se empieza a construir un lazo afectivo que no estará exento de alguna complicación.

La idealización del proceso de adopción tiene unos efectos desastrosos para la relación, porque los padres tienen que soportar sus propios sentimientos de decepción, confusión, impotencia y a veces el arrepentimiento. Pueden sentirse desbordados y no pueden hacerse cargo del menor. Pero devolverlo les hace sentir tan culpables como avergonzados.

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