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¿Por qué no queremos estar solos?

Llenar la vida de actividades o responder siempre a las demandas ajenas puede ser una huida de uno mismo. Pero para estar bien con nuestra pareja es preciso haber aprendido antes a estar en soledad.

Una chica frente a una ventana.
Una chica frente a una ventana. getty

Un tiempo de soledad es necesario para reconocerse, para aceptarse. ¿Cómo se construye esa soledad que organiza puentes ente el yo y los otros? Según el psicoanalista Donald Winnicot, la capacidad para estar solo proviene de una experiencia vivida en la primera infancia, que se trata de poder estar solo en presencia de la madre. La madre debe estar cerca, disponible, pero permitir también el alejamiento, de modo que el niño construya su propia identidad.

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Hay dos tipos de soledades: una conlleva una pérdida de contacto con la realidad, con los otros, evitando así las relaciones afectivas. La otra, sin embargo, es creativa, necesaria, íntima: es la soledad que todos llevamos dentro, ese vacío que nos habita y que nos hace únicos. Una soledad que nos da la posibilidad de explorar lo más profundo de nuestro ser para, desde allí, volver renovados. Cuando se tiene miedo a esta soledad tan inevitable como enriquecedora, se puede repetir con otra persona una relación de fusión agobiante que no permite un vínculo amoroso entre dos adultos. Más bien, se repite la relación de sometimiento y confusión que el bebé humano mantiene con su madre. En ocasiones, se puede mantener un vínculo agresivo que oculta, con su estridente ruido, el miedo que se tiene a la soledad por parte de uno de los miembros de la pareja, o de los dos.

Saltarse el rol familiar

Elisa sonreía mientras releía lo que había escrito en su diario dos años antes: “Por fin sola. Me siento bien, me siento libre. El silencio me rodea, pero también me protege. Ya no tengo que ocuparme de él, voy a pensar en mí. Estoy sola, pero acompañada de recuerdos e ilusiones. Tengo algunos proyectos que llevar a cabo. Quiero encontrarme conmigo misma, saber quién soy, aprender a cuidarme. Antes estaba protegida, pero dormida. Ahora tiemblo ante el futuro; sola, sí, pero viva”.

Cuando escribió aquello, hacía poco tiempo que Elisa había decidido separarse de su última pareja, Jorge. Antes de conocerle, estaba divorciada y tenía una hija. Al principio, era un hombre atractivo y detallista. Pero según fue pasando el tiempo, se convirtió en un controlador y dependiente, que le recriminaba el tiempo que pasaba en el trabajo.

Elisa se dio cuenta de que había repetido con este hombre, una vez más, el lugar que tenía en la familia: el de cuidadora. Era la hermana mayor y su madre siempre la había hecho cuidar de sus hermanos. Se le acabó el amor hacia Jorge y decidió romper y hacerse cargo de sí misma. En estos momentos de su vida, necesitaba estar sola para valorarse, más allá de ser la cuidadora de otros. Pero solo pudo llevar a cabo este deseo cuando dejó de sentirse culpable de ocupar el mismo lugar que había ocupado en su familia y que ella realizaba con la idea de que solo sería querida si cumplía esa función.

Qué nos pasa

  • Si alguno de los miembros de una pareja tiene miedo a la soledad es porque evita encontrarse con su mundo interno. Puede demandar en exceso la presencia del otro o crear un vínculo agresivo.
  • Los espacios personales son privados y se aprenden a cultivar desde la infancia. Hay que atreverse a habitarlos para poder sentirse acompañado por todo lo que ocupa nuestra mente.
  • Algunas personas evitan tener pareja porque sienten que su soledad va a ser invadida. No son capaces de defender su mundo interno manteniendo a la vez una relación íntima con otro.

Este año había decidido comenzar a vivir con Alfredo. Ya no temía vivir con una pareja. Tras una psicoterapia psicoanalítica, había descubierto que había repetido con sus anteriores parejas algo de la relación que había tenido con su madre, colocándolas en una posición que ni la acompañaban ni respetaban su espacio.

Ahora, había aprendido a estar sola, aceptándose distinta a su madre. Ya no era la niña que escondía su miedo al abandono, era la mujer que podía vivir con un hombre que, lejos de controlarla como a una niña y reparar así lo que ella vivió, la trataba como una adulta. Había conseguido querer a la niña que fue y que vivía escondida en su interior.

Estar solo asusta porque de quien más se huye es de uno mismo. Sobre todo de las carencias y las fragilidades propias. Pero jamás se está solo cuando uno ha aprendido a sentirse bien consigo mismo y con su historia emocional.

La noticia: qué podemos hacer

  • Todos somos propietarios de un jardín privado que debemos cuidar. En caso de descuidarlo, nos alcanzará el sentimiento de vacío, que se intentará tapar buscando a otro que cubra los agujeros que no queremos sentir. Pero tampoco nos sentiremos bien con otro, porque hay que saber estar solo para llegar a estar bien acompañado.
  • Debemos reflexionar sobre la diferencia entre estar solo y sentirse solo. Lo primero puede ser un placer; lo segundo, una catástrofe. En un tratamiento psicoanalítico se aprende a tolerar la conciencia de ser un individuo separado y solo.

En realidad, siempre estamos solos ante el misterioso espacio que se abre en nuestro interior y que no siempre comprendemos, pero que debemos aprender a escuchar.

El logro de la autonomía psíquica requiere un trabajo y un esfuerzo continuados. El viaje que la mujer y el hombre realizan para llegar a la cita consigo mismos tiene un largo recorrido y pasa por dos estaciones. Una es la relación con la madre durante los primeros años de vida: un lazo afectivo dependiente que hay que saber romper para arriesgarse a la conquista de su propio mundo. La adherencia a la madre protege a la niña, pero infantiliza a la mujer. En cuanto al niño, lo hace posesivo y demandante.

La segunda estación, que también tienen que dejar atrás, es la de la protección paterna. La función de un padre es ayudar a la hija a crear un espacio propio en el mundo. El sometimiento al padre resguarda a la hija, pero le impide crecer. Si se trata del hijo, lo deja sin armas para sentirse seguro por la vida.

Las adherencias a los primeros objetos amorosos fomentan la infantilización tanto de la mujer como del hombre, que huyen de sentirse solos, porque lo viven como si los hubiera abandonado.


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