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Referencias circulares, por Paloma Bravo

La perra y yo nos levantamos antes que el resto de la casa para poder leer los periódicos...

Chica con el ordenador junto a su perro en la cama.
Chica con el ordenador junto a su perro en la cama. Maite niebla

La perra y yo nos levantamos antes que el resto de la casa para poder leer los periódicos. Encendemos el router y volvemos a la cama con el ordenador y una taza de té. Somos adictas a la información y, además, somos humanas, así que primero ojeamos Facebook.

Todas las mañanas, Facebook me conmina: "Paloma, tú y todos los recuerdos que compartes sois importantes para nosotros, por eso hemos pensado que te gustaría rememorar esta publicación". A mi perra no le gusta Mark Zuckerberg desde que, en uno de sus posts apocalípticos (él los llama "retos personales"), prometió no volver a comer carne de animal que no hubiera matado con sus propias manos.

Tampoco le gusta demasiado mi ordenador y un día, saboteando el trackpad con el hocico, descubrió un botón de "Ver más recuerdos" que permite la opción de eliminarlos. Todas las mañanas, desde el 1 de enero, la perra y yo borramos uno a uno los recuerdos que Facebook nos recuerda, los recuerdos que ya habíamos olvidado. Somos las únicas. Mi amigo Dani, por ejemplo, vive en una perpetua referencia circular: celebra cada día que el año anterior celebró que el año anterior celebró que el año anterior escribió un post gracioso. Es verdad que Dani tiene mucha gracia y es natural que le haga gracia recordarlo.

Yo no soy graciosa, pero creo en la intimidad. Por eso Zuckerberg me ha amenazado: "Sin mí, tu vida está vacía". "Vacía, pero mía". Esas conversaciones tipo western las tenemos en voz baja. Me sorprende que en esos periódicos que leemos no dediquen más espacio a los ex de Facebook que, asustados por la deriva del invento, han creado fundaciones para devolver a la humanidad su autonomía. Tristan Harris, Sean Parker, Roger McNamee... googleadlos.

"La atención es una responsabilidad individual. No culpes a Mark", me dice la perra desde la esterilla de yoga. (Leídos los periódicos, nos estiramos juntas). Me salva Pablo, que necesita ayuda con el desayuno.

"¿Ha pasado algo importante en el planeta?", pregunta. Contesta su hija: "Sí, que sigo siendo la única de mi clase que no tiene Instagram. Me llevan millones de likes de ventaja". "Los likes son más adictivos que la droga", le explico. "¿Prefieres que me drogue?". "Benditos tiempos en que los teléfonos servían para llamar...", suspira su padre. "Móviles for all", se manifiesta su hermano...

Los desayunos son tensos porque ellos están más despiertos. Por suerte, les gusta llegar pronto a clase. Yo me tomo otro té antes de ir a trabajar. El día solo puede mejorar (siempre y cuando no lo contemos en ninguna red social).


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