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Las últimas reinas del corazón

Naty Abascal, Isabel Preysler y Carmen Martínez-Bordiú han sabido adaptarse a los nuevos tiempos sin perder el 'glamour', apostando por veranos más desenfadados en los que descubrimos menos posados en mansiones con piscina y más resorts en lugares exóticos. Los yates siguen siendo un clásico. Pero ellas pueden, claro. Para eso son las reinas de la prensa rosa.

De izquierda a derecha, Naty Abascal, Carmen Martínez-Bordiú e Isabel Preysler.
De izquierda a derecha, Naty Abascal, Carmen Martínez-Bordiú e Isabel Preysler. agencias.

Las tres estrellas de la crónica social, Naty Abascal, Isabel Preysler y Carmen Martínez-Bordiú, sobreviven a una era que se extingue, una era marcada por las residencias veraniegas, ese hogar de vacaciones de temporada completa –ya fuera en Marbella, Mallorca o Ibiza– al que los famosos se mudaban con todo el fondo de armario estival para celebrar sus fiestas y recibir a diestro y siniestro.

Sobre todo a mucho siniestro. Ahora, sin embargo, se llevan los veranos organizados por semanas para alimentar las redes sociales con cambios de decorado: hotel de lujo a pie de playa, circuito en lugares lejanos, compras en ciudades cosmopolitas e invitación de amigos, a ser posible con yate. Las nuevas generaciones combinan todo ello a ritmo frenético de 'selfies': Paz Vega, Corina Randazzo, Nieves Álvarez, Cristina Pedroche, Pilar Rubio… Es una guerra a muerte por los likes de sus bikinis y posados.

Mientras tanto, nuestras tres supervivientes van a lo suyo. Se adaptan, pero a su ritmo. Y sin perder un ápice de su glamour, tal vez desfasado para las nuevas generaciones, pero un glamour que ha sentado cátedra. Echarle un ojo a la cuenta de Naty Abascal es asumir que un ojo de la cara es lo que nos costaría disfrutar de lo que ella. Sobre todo por el impresionante yate que Valentino tiene atracado en Saint-Tropez y en el que ella posa como en casa.

Y además...

Pero Naty es mucha Naty. Si creen que se conforma con los 47 metros de eslora del TM Blue One es que no la conocen. Embutida en un mono naranja, con un casco protector, este verano ha sido capaz de subirse a un helicóptero con Mar Flores para sobrevolar la Costa Azul y darle una lección a cualquier influencer recién aterrizada.

La verdad es que Naty se desenvuelve en el yate de Valentino como pez en el agua. Con Poppy, la otra mascota del diseñador, ha recorrido medio mundo. Que si Capri, que si Ibiza… Los nueve tripulantes no descansan un segundo porque, según cuentan, las manías del dueño a bordo han ido aumentando con la edad. Echen cuentas... Un sinvivir. La única que parece soportar a Valentino más de tres días seguidos es Naty, medio amiga, medio musa.

Viajera incansable

Pero, posiblemente, aunque a Naty es a quien más le luce el verano, la que más partido le saca es Isabel Presysler. Me explico. Desde que ganó el Nobel, la Preysler no para. Los millennials no la han visto en bikini. Ni la verán jamás. Siempre quedará la hemeroteca, es cierto, pero será solo eso, el recuerdo de un pasado glorioso. Para ellos solo es la madre de Enrique Iglesias y no un género periodístico en sí mismo. Ellos se conforman con visitar Ibiza, Menorca o Cádiz –los vértices del verano trendy– para lucir sus pies en la playa, colocarse pamelas y abalorios fashion para contemplar atardeceres (la debilidad de Paula Echevarría es Sancti Petri), inspirarse frente a gin-tonics con más ingredientes que el arroz mil delicias…

Consiguen inmortalizar momentazos, algunos alcanzan incluso el deseado glamour, pero no responden a una estrategia constante del personaje sino al postureo de un instante. Actrices, modelos, influencers parecen más preocupadas en crear tendencia con sus complementos (triunfa el flamenco, pero no el de Camarón sino el flotador rosa y sus variantes de plástico fino) que crear una narrativa estival propia. Ellos, por su parte, son más de mostrarnos su 'look' deportivo: predominan las fotos sin camiseta y los torsos depilados y machacados con ayuda de un entrenador personal.

Hay quien se toma lo de las vacaciones al pie de la letra, como Dulceida, la famosa bloguera que ha anunciado que visitará Menorca pero no se dejará fotografiar con/por nadie. Acabáramos. Mientras tanto, Ronaldo inauguró la temporada de yates en Ibiza. Y lo hizo por partida doble: sin novia y con novia. Una foto levantó sospechas, otra vino a calmar las aguas. Como si uno no pudiera hacerse fotos rodeados de cachas… Los futbolistas están poco a poco cubriendo el hueco estilístico que dejó libre Jesús Gil y Gil. Prometen fotos gloriosas. Y en Marbella, la nueva generación Holenlohe-Langeburg –encabezada por Hubertus, hijo del príncipe Alfonso– mantiene su apuesta por la nueva sede, El Patio del hotel Marbella Club, mezclando los clásicos, una pandilla fija que no se perdía una fiesta, con las nuevas generaciones, más inquietas y dadas a mezclarse con otros hijos de… Veremos cómo acaba el invento.

Sin embargo, el presente de Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa tiene más gloria, si cabe: parecen vivir unas eternas vacaciones, pero es un espejismo creado con maestría por su revista de cabecera. También parecen vivir una eterna luna de miel pero eso, más que un espejismo, es el aperitivo para el ACONTECIMIENTO –así, en mayúsculas– que, de producirse, obraría el milagro de unir en matrimonio la prensa rosa con la literatura. Puro folletín, pero del bueno. Sus primeras vacaciones incluyeron el pack completo de amor y lujo: avión privado a la Costa Azul, yate en Saint-Tropez, crucero hasta las islas griegas... Todo muy discreto. Y, sí, todo muy caro. El año pasado decidieron un combinado de contrastes: crucero por los fiordos noruegos, para ir abrigaditos, y playas de Indonesia, para ir más descocados. Como ven, el verano es para mimarse en casa de Isabel.

Todo iba de maravilla hasta que al escritor le dio por meterse en aguas infestadas de medusas que le atacaron como si fueran ávidas lectoras de García Márquez, acabando las vacaciones en una clínica y con picores, pero no precisamente de los que dan gustito. Este año, por si acaso, la pareja ha empezado siguiendo la canción del verano, ‘despacito’: una elegante y tranquila fiesta en los jardines del Palacio de Liria, rodeados de amigos como Boris Izaguirre, Pepe Barroso y Jaime Martínez-Bordiú. La cita era tan clásica que no faltó la socorrida actuación de Juan Peña. Ha sido el arranque oficial de una temporada en la que, por ahora, Naty les ha tomado la delantera desde su Instagram.

La gira de la Bordiú

Entre Preysler y Abascal, la nieta de Franco. España es un país peculiar, no me digan… Carmen Martínez-Bordiú ha sido muy de sacarle partido al Pazo de Meirás, un paraíso gallego que la familia disfruta bajo la tutela de la duquesa de Franco, que es muy de recibir. Es la parada final de todos sus veranos, momento en que la familia se reúne a recordar tiempos mejores. Para ellos, claro.

Hace dos veranos, Carmen asumió que debía dar la talla y se puso a trabajar. Fue duro: la cosa consistía en saltarse la dieta con la excusa de ser imagen de una firma de tallas grandes y hacer photocalls con la ropa suelta. Hizo una gira que ni los Rolling Stones: viajó a Mallorca para ver los preparativos de la boda de su hija Cinthia, no se perdió los ‘sanfermines’, no falló a su cita con Saint-Tropez y Cannes y, ya que estaba, pasó por Capri antes de visitar Salamanca, Alicante, Santander, Málaga y Segovia.

Acabó dando con sus huesos en un bautizo en Ubrique, junto a Jesulín, Bertín Osborne, María Jiménez y Jesús Quintero. Si hubo algún cóctel debió ser explosivo, no me digan. Luego para recuperarse de las vacaciones, tuvo que irse a descansar a Sotogrande. Y menos mal que había estado todo el verano sin faja para justificar su trabajo…

El año pasado, aunque no tenía bolos, la cosa no fue más tranquila. La nieta del dictador mitigó sus sofocos estivales en Islandia junto a Sonia Ferrer y otros amigos. Carmen, que siempre ha sido pionera, se adelantó a Naty en lo del helicóptero, pero pasó inadvertido. Le suele pasar. Tiene que hacer muchas más cosas para conseguir el mismo efecto que logran las otras dos ‘reinas de corazones’.

Palma de Mallorca, las boutiques del madrileño barrio de Salamanca, Cádiz y Santander fueron las paradas veraniegas antes de entregarse a su papel de madre y abuela en Sotogrande, donde Luis Alfonso la puso al cuidado de sus tres hijos. ¿O fue al contrario? A veces me lío…

Carmen, que tiene una relación de amor-desamor-amistad-odio-exclusivas con Luis Miguel Rodríguez, ‘el Chatarrero’, puede sorprendernos este verano con alguna aparición junto al millonario a pie de algún jet privado o en algún paradisiaco rincón a tomar viento. Veremos. Pase lo que pase, su verano empieza en Andratx, Mallorca, en la casa en la que veraneaba con Jean Marie Rossi y que ahora le pertenece junto a sus 1.200 metros de jardín (una curiosidad que me tiene fascinado: el mismo día que compró la finca, en junio de 2006, creó una empresa para comercializar cazalla bajo el marchamo ‘El orujo de Carmen’, a 25 euros la botella. La casa, un éxito; el destilado, un fracaso).

Y como ella es muy de cuidar las cosas que hereda, ya sea de la familia o de examantes o exmaridos, hizo llevar el barco que le regaló José Campos justo antes de separarse. Hay que ver el ojo que tuvo Carmen: descubrir que su relación se iba a pique justo a tiempo de quedarse con el TQ, Te Quiero, que es como se llama la nave en la que ahora, cada mañana, navega junto a su hija por Baleares sin tener que darle explicaciones a nadie.

Aquí las tienen este verano: tres mujeres, tres estilos, tres reinas que mantienen su corona entre exclusivas. ♥


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