La chica pakistaní que estuvo a punto de morir en un atentado talibán por ir a la escuela va a recibir el Nobel de la Paz con 17 años. Ahora se codea con líderes mundiales, pero sigue odiando madrugar y escucha a Justin Bieber. La periodista Christina Lamb, coautora de su biografía, habla con ella en exclusiva.

Malala Yousafzai estaba en clase de Química cuando se enteró de que había ganado el Premio Nobel de la Paz, el pasado 10 de octubre, y allí se quedó. “No quedaría muy bien que la chica a la que dispararon por querer ir al instituto no se sacara la Secundaria”, comenta con sentido del humor. De hecho, según ella, de las 10 asignaturas que tiene este año, la única que se le da bien sin tener que esforzarse demasiado es la de Religión, porque “para esa clase solo hacen falta opiniones, ¡y yo tengo un montón!”, dice. 

Una superviviente 

Al observar con qué facilidad pasa de intervenir en los foros políticos de medio mundo a hacer los deberes en su cuarto de Birmingham (Inglaterra), es fácil olvidarse de que hace dos años estaba luchando por su vida en un hospital de Pakistán, después de que un talibán le disparara a la cabeza mientras volvía a casa en el autobús escolar. Afortunadamente, lograron extraerle la bala. Su madre llora muchas veces cuando la mira porque, desde entonces, ha experimentado una recuperación milagrosa. Cuando volvió en sí, el oso de peluche blanco que había en el alféizar de la ventana lo veía verde, porque su visión era tan nebulosa como un recuerdo. Se llama Junaid, en honor al cirujano militar pakistaní que le sacó la bala de la cabeza. 

En su modesta casa al norte de Pakistán, en el hermoso valle del Swat, tenía estanterías repletas de trofeos de plástico a la mejor de su clase, además de los libros de la saga Crepúsculo, Anna Karenina y un estuche de vídeo de Yo soy Betty, la fea. En el exterior estaba el cuarto de baño en el que, según me ha contado, había un espejo donde se miraba anhelando ser más alta. Por eso me reí el día del anuncio del premio cuando, al acercarse al micrófono para hablar, lo ajustó diciendo: “Dondequiera que vaya, la tribuna es más alta que yo”. ¿Pero a quién le importa su estatura? Con 17 años, se ha convertido en la persona más joven en ganar un Nobel [que comparte con el activista indio por los derechos de los niños Kailash Satyarthi]. “Es un principio y un estímulo para seguir creyendo en mí misma”, apunta. 

El impulso del Nobel 

Su fama traspasa ideologías, profesiones y países. En lo que llevamos de año, se ha reunido con la reina de Inglaterra, Bill y Hillary Clinton, la reina Rania de Jordania y el exfutbolista David Beckham. Ha recibido consejos sobre política del presidente de Estados Unidos Barack Obama (“No tengas prisa”) y ha tomado el té con la actriz Angelina Jolie. Pero ¿cómo ha logrado una chica a la que le cuesta levantarse por las mañanas (y que proviene de una cultura en la que las mujeres están en un segundo plano) ser una figura mundial? El culpable, en gran medida, es su padre, Ziauddin Yousafzai, a quien Malala agradece “no haberme cortado nunca las alas”. 

Yousafzai creció en una aldea tan pobre que daban las clases debajo de un árbol. Aquello le hizo decidir que, algún día, abriría una escuela. Con el tiempo, logró inaugurar un humilde centro en Mingora. Cuando Malala nació, tuvo claro que su hija recibiría el mismo trato que un niño, pese a que en la cultura pastún la llegada al mundo de un varón se celebra con regalos y disparos al aire, y la de las niñas se esconde. 

Malala pronto desarrolló pasión por la enseñanza. Cuando veía a un niño buscar en la basura, rogaba a su padre que le acogiera en clase. Tenía 10 años cuando los talibanes se hicieron con el poder en el valle. Al frente de ellos estaba un hombre llamado Mullah Fazlullah, más conocido como Radio Mullah por sus discursos a través de las ondas. Lo primero que hicieron fue prohibir que las mujeres fueran al zoco. Luego llegaron las condenas a muerte a las chicas por el mero hecho de bailar y las bombas en las escuelas. 

Entre el examen y la muerte 

Cuando dictaron que todas las niñas y jóvenes tenían que dejar de ir a la escuela, Malala se negó a guardar silencio. Desde el anonimato, comenzó a escribir un blog en urdu para la cadena británica BBC, en el que hablaba de la vida bajo el régimen de los talibanes, y luego decidió dar la cara pese a las amenazas. 

En 2009, el ejército de Pakistán intervino en la zona. Las escuelas volvieron a abrir, pero los talibanes no llegaron a irse del todo. Malala seguía recibiendo advertencias peligrosas, pero no se amedrentó. El 9 de octubre de 2012 recibió un disparo en la cabeza. Lo último que recuerda es que cogió el autobús tras hacer un examen de Lengua y que iba cantando. Yo la conocí poco después de que saliera del hospital, en enero del año pasado. Un día desapacible de nieve, Ziauddin, su padre, me invitó a pasar al piso alquilado de un alto edificio de Birmingham, donde viven como refugiados. La puerta se abrió y una diminuta figura, vestida con un shalwar kameez [vestimenta típica de Pakistán] rojo y floreado, entró arrastrando los pies y portando una bandeja con tazas de té. 

“Yo soy Malala”, dijo, y una sonrisa iluminó su rostro. Sonó como si hubiera sufrido una apoplejía, porque el disparo le había dañado un nervio facial. “¿Aquí siempre es invierno?”, preguntó, e hizo un gesto para que me sentara a su derecha, pues tenía el tímpano izquierdo destrozado. Me detalló que la bala había atravesado el lateral de su párpado izquierdo y había descendido por su mandíbula hasta acabar bajo su hombro izquierdo. “Podría haber perdido el ojo y no tener ahora ni ojo ni cerebro. Fue un milagro. Siento que se me ha concedido una segunda vida para ayudar a los demás”, explica. 

Y es cierto que su coraje ha servido de inspiración en todo el mundo. En la actualidad, ella, sus padres y sus dos hermanos pequeños siguen viviendo en Birmingham, pero en una casa grande repleta de premios. El iPod que maneja es regalo de Bono, el cantante de U2; el collage que tiene en la pared de su cuarto es de Shiloh, la hija de Angelina Jolie y Brad Pitt. Hasta Madonna le ha dedicado una canción. El año pasado, cuando cumplió 16 años, se colocó una fotografía suya en el puente de Brooklyn (Nueva York) y fue ovacionada en la sede de la ONU. 

La pacifista que pelea con su hermano 

Con todo eso y mucho más, ella sigue teniendo todavía los pies pegados a la tierra. Esto es así, en gran medida, por su familia. Por ejemplo, su hermano pequeño, Atal, al que llaman “la ardilla” por sus ojillos brillantes y su carácter revoltoso, le pregunta a menudo para picarle: “¿Pero tú realmente qué has hecho, Malala?”. Es más, hace poco se pelearon porque él le cogió su iPod sin permiso y, cuando Malala le recriminó su conducta, él contestó: “Yo también vivo en esta casa, ¿sabes? Esto es como una prisión, en la que todos estamos solos por tu culpa. La gente dice que eres la chica más valiente del mundo, ¡pero yo te digo que eres la chica más cruel del mundo! Nos has traído hasta aquí y ni siquiera me puedes dejar tu iPod. No es justo”. Con Khushal, su otro hermano, de 15 años, discute también todo el tiempo. Como ocurre en cualquier familia. 

Malala es un caso perdido a la hora de madrugar, le gusta bailar al son de Justin Bieber y contar chistes. También le divierte ver cómo a la gente le da dentera que le crujan las rodillas. Si le preguntas cuál considera que es su mayor logro, te dirá que haber conseguido que su padre prepare el desayuno. Se pasó un año entero metiéndose con él por ser capaz de recorrer el mundo de punta a punta hablando de los derechos de las mujeres para que luego, en casa, lo hicieran todo su madre y ella. También, por primera vez en su vida, y aunque lo odie, hace la compra. “Me he convertido en una mujer”, refunfuña en broma. Y no es el único cambio. Su madre, Tor Pekai, era analfabeta, pues apenas pudo ir a la escuela. Hoy acude a diario a una academia para estudiar inglés y aprender a leer y escribir. 

Para la familia no ha sido fácil aclimatarse a su nueva vida en la segunda ciudad más importante del Reino Unido, tan lejos de las montañas de su tierra. “Hace un año pensaba que no lo íbamos a conseguir –me reconoció Malala hace poco–. Pero hoy empezamos a sentirnos como en casa. Incluso, he dejado de quejarme por la lluvia”. Aún mantiene contacto por Skype con Moniba, su mejor amiga en Pakistán. “Cuando me habla de las fi estas, desearía con todas mis fuerzas estar ahí”, apunta. Y también habla con Shazia y Kainat, las otras dos víctimas del tiroteo, que han logrado una beca para estudiar en Gales. 

Su sueño es político 

En Inglaterra, Malala ha hecho amistades con las que a veces sale a la bolera o a jugar al bádminton. “Conversamos en los recreos, pero a ellas les gusta más hablar de novios y yo prefi ero leer Time y The Economist”, explica. Mientras sus compañeras pasaban las vacaciones en la playa este verano, ella viajó a Siria para visitar los campos de refugiados y, de ahí, pasó a Nigeria para denunciar el calvario de las estudiantes secuestradas por los islamistas desde abril. Pero los estudios son prioritarios. Siempre hace los deberes antes de redactar los discursos con los que sigue su campaña de denuncia por los 57 millones de niños sin escolarizar en el mundo. 

Confiesa que los estudios le suponen un esfuerzo tremendo. “En mi antiguo instituto todos me consideraban inteligente y creía que siempre sería la mejor de la clase. En mi país solemos escribir muchísimo en los exámenes, así que puedes poner lo que te dé la gana, pero en Inglaterra las preguntas muchas veces son más largas que las respuestas. Lo que quieren comprobar es si has entendido los conceptos”, puntualiza. 

Le gusta la Física, pero quiere estudiar Ciencias Políticas y Filosofía. Su sueño es convertirse algún día en primera ministra de Pakistán. Y no pierde la esperanza de volver al valle del Swat para ver “otra vez a mis amigas, a mis profesores, mi instituto y mi casa”. Pero Fazlullah, el líder local de los talibanes que intentó asesinarla, es ahora el jefe del movimiento integrista en todo Pakistán, lo que hace aún más arriesgado ese regreso. “Puede que lleve un tiempo, pero estoy convencida de que algún día será posible. Me encantaría poder llevar a cabo mi vida laboral en mi tierra, donde nací, y he prometido infinidad de veces que acabaré trabajando para mi país y colaborando para que ningún niño pakistaní se quede sin poder estudiar”. 

Cualquiera pensaría que una chica embarcada en una campaña a favor de la escolarización femenina (y masculina) no debería despertar recelos. Sin embargo, a la vez que recibía las felicitaciones a lo largo y ancho del mundo por su Nobel, también llegaba la condena por parte de mucha gente en su propio país. Hubo compatriotas suyos que, en Twitter, pusieron en circulación un hashtag con la etiqueta #DileQueNoAMalala y, además, pedían su cabeza. “Malala y su padre son herramientas y títeres de Occidente –dijo a la BBC Tariq Khattak, editor del diario Pakistan Observer–. Es espía de Estados Unidos”. Y acabó negando que hubiera recibido un disparo. 

¿Condenada a muerte? 

Puede parecer una locura, pero cuando estuve en Pakistán investigando para escribir mi libro, mucha gente educada me espetó: “¿Por qué demonios hace usted tal cosa? ¿No sabe que todo es un fraude?”. Pese a todo, logré entrevistar a los cirujanos que extrajeron la bala. El año pasado, Malala volvió a ser operada para reparar el nervio facial dañado. La intervención fue un éxito prácticamente rotundo, y le devolvió casi el 96% de la capacidad motora. Aun así, cuando habla, hay una parte de la boca que tira hacia abajo. 

Mientras los asesinos del Estado Islámico propagan su maldad y pretenden hablar en nombre de todo el Islam, Malala es la verdadera cara de los musulmanes moderados. Ella es la primera en afirmar que no es única, que hay muchas chicas como ella. Pero, por una vez, y sin que sirva de precedente, tengo que discrepar con ella. 

Una heroína de novela 

La vida de esta arriesgada adolescente despierta interés en todo el mundo. Ahora publica su segundo libro, Malala, mi historia (Alianza Ed.) un relato estremecedor, escrito con Patricia McCormick. Su primera biografía Yo soy Malala, publicada en 2013 por la misma editorial, la escribió con la periodista que firma este reportaje y se ha convertido en superventas.

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