Mamen Diego o el valor de lo que dura
La interiorista y artesana recupera materiales antiguos, reivindicando el trabajo manual y el producto duradero. Su oficio dialoga con La buena vida de Hacienda López de Haro en una misma defensa del tiempo, del origen y de las cosas hechas con calma.
La artesana Mamen Diego, en su taller de Gijón, donde trabaja la paja rescatando técnicas tradicionales.
Pergamino, paja o galuchat, esa piel de pez de textura perlada que tanto se utilizó en el Art Déco. Mamen Diego ha recuperado estos materiales para la artesanía contemporánea y los aplica en paneles murales, techos, lámparas y piezas decorativas. La atraen por su belleza, sí, pero también por lo que aporta tratar con ellos. “Trabajar con las manos te sitúa”, explica con rotundidad. “Te traslada a un nivel de tranquilidad y de paz que te hace conectar con eso que estás haciendo. Te olvidas de otras cosas”.
En el trabajo artesanal encontró Mamen una respuesta a las prisas constantes y esa lógica que lleva a descartar un producto o un elemento decorativo cuando todavía es perfectamente útil. “La pregunta era: ¿cómo puedo traer esos materiales al momento actual, a la contemporaneidad?”. Ella misma se responde. “Se trata de rescatar ese oficio y transformarlo con la misma lentitud, con ese mismo cuidado; pero al mismo tiempo con técnicas y procesos nuevos”. Y el resultado es Objet Particulier, el atelier de artesanía contemporánea fundado y dirigido creativamente por ella, con sede en la ciudad de Gijón.
Hija de asturianos migrantes, Mamen nació en Venezuela, en una familia vinculada al textil, y llegó a Gijón siendo adolescente. De niña veía a su padre trabajar con telas, hablar con propiedad de fibras y composiciones que reconocía tocándolas con sus manos. “Recuerdo perfectamente a mi padre enseñándome cómo podía saber si una tela era natural, si llevaba sintético, cómo era el roce de las dos telas. Ver los tintes… Todo eso te queda en la cabeza”. Después estudió diseño, patronaje, interiorismo. “Al final, un patrón es un plano. Va todo encadenado”.
Durante años trabajó como interiorista. Fue, dice, “un medio de vida muy fructífero” que le dio muchas satisfacciones. Pero también trajo una incomodidad cada vez más difícil de ignorar. En las obras veía cómo se tiraban materiales que habían aguantado décadas y seguían teniendo dignidad, mientras otros, instalados hacía muy poco, ya estaban deteriorados. “Me preocupaba mucho ver que los materiales que se usaban antes llevaban 60 años puestos y seguían siendo maravillosos. Y, de repente, llegabas a un local hecho cinco años antes y ya estaban destrozados”.
En diálogo con el mundo del vino
Mamen se preguntaba por qué todo tenía que durar tan poco. Ahí empezó la búsqueda. En ferias fuera de España vio materiales que no aparecían en los circuitos más evidentes. Estaban en rincones, en stands pequeños, en lugares casi apartados de aquello que todo el mundo iba a mirar. Empezó a investigar y se encontró con un vacío. No había apenas información en español. Tiró de libros, de museos, de intuición y de mucha prueba. “No tengo que buscar materiales sostenibles, voy a un museo y los encuentro”, dice. Piezas de trescientos o cuatrocientos años demostraban algo sencillo: la sostenibilidad no siempre está en inventar un material nuevo, sino en recuperar lo que ya había funcionado.
El galuchat fue el primero. Llegar a él no fue fácil. Cuenta que lo consiguió a través de un hombre peruano que había estudiado Ingeniería Textil en Barcelona y que, al principio, no entendía muy bien su interés. Le hizo preguntas, le puso trabas, casi la examinó. Ella insistió. Acabó viajando a Maison&Objet, prestigiosa feria de decoración y diseño que se celebra en París, para recoger las pieles de pescado. “Fue surrealista, parecía que estaba comprando algo ilegal”, recuerda con humor. Cuando por fin las tuvo delante, vio su dureza y al mismo tiempo su flexibilidad. Y quedó prendida para siempre.
Primero aprendió a trabajar el galuchat. Después la paja. Más tarde el pergamino. No se trataba solo de aplicar un material sobre una superficie, sino de entenderlo, llevarlo a otros soportes, probar cómo respondía, qué se podía hacer con él desde el conocimiento técnico que le daba el interiorismo. Mamen trabaja con planos, con programas digitales, con arquitectos e interioristas que le envían medidas y necesidades concretas. Artesana, sí, pero en el siglo XXI, como ella misma recalca. “Tenemos que tender puentes para recuperar oficios”, dice.
La buena vida, en su caso, tiene que ver con tocar, estudiar un material y aceptar que hay procesos que no se pueden acelerar sin perder lo esencial. Y que hay objetos que necesitan tiempo para hacerse y también para ser entendidos. “El lujo, por lo menos para mí, no es la acumulación”, explica. “Es tiempo. Es el lujo más preciado porque es limitado. Y creo que es el que menos apreciamos”. Para ella el lujo puede estar en un rosario de plata heredado, en un estuche antiguo de cuero, en una pieza que alguien guardó con cariño.
La artesana Mamen Diego, trabajando la paja, en su taller de Gijón.
Mamen habla de los materiales como otros hablan de una tierra o de una cosecha. Ahora investiga con paja de escanda, un cereal asturiano que quiere ayudar a recuperar dando valor también al tallo. Del grano se hace harina; del saquito que lo protege salen otros usos. Quedaba esa parte que parecía residual y que ella convierte en materia prima para su trabajo. La escanda le interesa por muchas razones. Por su relación con Asturias, por su valor gastronómico, por la historia del cultivo y porque abre una posibilidad económica donde antes había un desperdicio. Con el vino le ocurre algo parecido. Mamen lleva tiempo queriendo trabajar con una bodega. Le atrae la tradición francesa de hacer cajas conmemorativas para botellas especiales, piezas de aniversario, objetos ligados a una fecha o a una historia. Pero quería llevarlo a su terreno. “La paja tiñe muy bien con el vino tinto”, cuenta. “No solo por los taninos”. Los restos de la uva, las hojas de la vid, las pieles, incluso aquello que parece quedar fuera del proceso principal, puede convertirse en tinte si alguien se detiene a mirarlo de otra forma. “Con los restos, con los restos de los restos, se pueden hacer cosas muy bonitas”, dice.
Y hay más. El pergamino, recuerda, es piel de cabra u oveja, la misma materia que durante siglos se ha utilizado para hacer botas de vino. Ese cruce le interesa mucho. También la historia de las botas curvas utilizadas en Asturias y León, ligadas al trabajo en las minas, a espacios bajos donde la forma del objeto respondía a un gesto concreto del cuerpo. “Creo que ahí hay un diálogo muy bonito entre mi trabajo y lo que está alrededor del mundo del vino”.
La afinidad con Hacienda López de Haro nace precisamente ahí, en esa manera de entender la materia como algo vivo y el tiempo como parte del resultado. La bodega ha construido su idea de La buena vida alrededor del origen, del paisaje, de la mesa compartida y de las cosas hechas con calma. Mamen llega al mismo lugar desde otro oficio: recupera materiales antiguos, los estudia, los transforma y les da una segunda vida.
También por eso le interesa tanto la artesanía contemporánea como sector. Desde SACo, la Sociedad de Artesanía Contemporánea que ella misma preside, defiende la necesidad de recuperar y mantener oficios que en España existieron siempre y que en otro tiempo fueron un motor económico. Quiere que se conozcan dentro y fuera, que se entiendan bien. Y volver a poner en uso cosas que la velocidad de la vida ha ido apartando: un mantel bordado, una buena vajilla, objetos únicos que escapan a la lógica industrial.
“Todo tiene un tiempo, es un trabajo muy delicado y tiene que tener excelencia. Prima el material, la durabilidad, la sostenibilidad”.
Una botella de la bodega riojana Hacienda López de Haro.
No todo es fácil en ese camino. Crecer sin perder la esencia tiene sus límites. “No es posible ir rápido”, admite. Transmitir un oficio a otras personas lleva tiempo. Hay que equilibrar el deseo de llegar a más sitios con la necesidad de no romper aquello que da sentido al trabajo. “Todo tiene un tiempo, es un trabajo muy delicado y tiene que tener excelencia. Prima el material, la durabilidad, la sostenibilidad”. Mamen no busca una perfección industrial. De hecho, desconfía un poco de ella. “No es humana”, dice. “Nosotros mismos tampoco somos perfectamente simétricos. Si nos parten a la mitad, no es igual la derecha que la izquierda”. En los objetos ocurre algo parecido. La mano deja una señal, aunque sea mínima. Y esa señal importa.
Como importa también tocar. “Necesitamos explorar los objetos con la mano. Es algo muy humano, porque a través de ella aprendes y conoces”. En una época en la que gran parte de la relación con las cosas pasa por una pantalla, el gesto de tocar un material, notar su temperatura o su textura, devuelve una información que no puede explicarse del todo. Quizá por eso tantas personas, cuando ven una pieza artesanal, no se conforman con mirarla. La acarician. Mamen habla de la conexión entre la mano y el cerebro, de cómo el trabajo manual lleva a un estado de concentración distinto.
Ahí, de nuevo, aparece La buena vida que defiende la bodega riojana Hacienda López de Haro. La buena vida puede estar en una mesa bien puesta, en un vino compartido, en una pieza que alguien hizo con sus manos, en una tarde sin demasiada prisa. Mamen lo dice a su manera cuando recuerda que, al final, lo que permanece son esas cosas: “una buena comida, una buena tarde, una buena siesta”. Momentos sencillos, pero difíciles de fabricar si todo alrededor corre demasiado. Ella, como la bodega riojana, emplea materias humildes y antiguas: la uva, la paja, la piel, la madera, la tierra. Ambos dependen del tiempo. En el vino, la espera afina. En la artesanía de Mamen, también. Lo importante no es solo el resultado, sino todo lo que ha tenido que ocurrir para llegar hasta él.










