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Cómo hablar del divorcio con los hijos

Uno de los momentos que mayor tensión provoca en los padres es cómo comunicar a sus hijos que se van a separar

La preocupación de los padres ante un divorcio siempre son los hijos.
La preocupación de los padres ante un divorcio siempre son los hijos. gtres

Antes de la separación definitiva de una pareja con hijos se sufren tiempos turbulentos en los que no se debe perder la perspectiva para procurar que los menores de la familia vivan alejados de los conflictos pero no de la realidad. Es un trance complejo que los niños perciben de diferente manera según la personalidad de cada menor, aunque sí que pueden establecerse algunas generalidades según la edad de cada uno.

Antes de la separación definitiva

Lo principal en los momentos previos a la separación es no hacer partícipes a los menores de las discusiones de los adultos. Se debe procurar guardar las formas tanto como sea posible y mantener las rutinas de los menores para que no sientan la inestabilidad que, a buen seguro, está invadiendo su hogar.

Si la convivencia es insoportable, es mejor terminar con ella antes de que los niños vivan en un entorno donde las discusiones, los desprecios o los gritos sean protagonistas. Hay que tener en cuenta que los niños aprenden con el ejemplo y creerán erróneamente que esa es la forma natural de comunicarse con una pareja.

Podemos establecer unas claves principales que hay que tener en cuenta a la hora de informar a los niños sobre la separación:

Cuándo y cómo informar

  • Lo primero es comunicar el divorcio cuando la separación sea definitiva. En otro caso se lleva a los niños a un panorama de confusión e inestabilidad. Hay que trasladarles que es una decisión inamovible para no crearles falsas expectativas.
  • La tarea de informar a los menores es cosa de los dos progenitores. Ambos han de hacerse responsables de la explicación para evitar la sensación de abandono por parte de uno de los adultos.
  • Aunque hay que esperar a que la separación sea definitiva, no quiere decir que haya que esperar a los hechos consumados. Es decir, no se trata de aguardar a que uno de los miembros de la ya ex pareja deje el hogar conyugal. Lo interesante es hacerlo un par de semanas antes para que los niños asimilen los cambios paulatinamente y comprueben que se trata de una separación de la pareja y no del final de la familia.
  • Es imprescindible explicar la situación sin culpar a ninguno de los padres y, además, dejando claro que los hijos no tienen ninguna responsabilidad o culpa sobre esta nueva situación. Ni su comportamiento, ni nada que ellos hubieran hecho o pudieran hacer en el futuro condicionó el cambio o podría hacer modificar la situación.
  • Hay que relatar a los menores cuál va a ser la nueva realidad de forma práctica, es decir, cómo y cuándo estarán con sus padres, dónde vivirán si hay cambio de domicilio, si la custodia es compartida o no y los cambios más relevantes que vivirán de forma inminente.
  • Es muy importante observar a los niños y comunicarse con el colegio para que desde el centro escolar también comprueben cómo están asimilando todos los cambios los niños y poder atajar posibles complicaciones.
  • Imprescindible mantener las rutinas en los menores y, especialmente, los límites que se han tenido hasta ese momento, con la hora de comer, la hora de dormir, los estudios… Los límites dan seguridad y demuestran a los hijos que se está atento a su formación, educación y vida, por eso se debe mantener la supervisión sin llegar a la hiperprotección.
  • Ambos progenitores deben dar muestras de amor y de cariño a sus hijos, expresándose sin complejos, pero respetando también el espacio de los menores. El final del matrimonio no es el final de la familia y mucho menos del amor de los padres por sus hijos.
  • Es fundamental aceptar los sentimientos propios de tristeza o de fracaso y los de los niños, que cada uno manifestará de manera diferente. Los niños pueden enfadarse, mostrarse irascibles o estar tristes y deben entender que todo eso que sienten está bien y pueden hablarlo con tranquilidad. Según la edad, se les pueden ofrecer las herramientas necesarias para que se expresen.
  • Del mismo modo, no se deben fomentar fantasías o falsedades sobre posibles reconciliaciones. Los niños ya las tendrán inevitablemente, pero hay que hacerles entender de forma firme a la vez que cariñosa que el cambio es irrevocable. Para ello, se debe responder a las dudas que les surjan con naturalidad y verdad, siempre respetando a ambos progenitores.

Según la edad

  1. Bebés. Está claro que los bebés no requieren explicaciones, pero sí establecen sus figuras de apego, por lo que ambos progenitores deben tener acceso a los pequeños para cultivar una relación natural y sana.
  2. Hasta los cinco años. En esta etapa los niños están llenos de energía y su imaginación bulle constantemente con cuentos e historias repletas de ideas fantásticas. También temen el abandono o que dejen de quererles por lo que hay que informales de forma clara y sencilla, con un lenguaje adaptado a su edad pero sin necesidad de entrar en detalles exhaustivos sobre la separación. Deben saber dónde vivirá cada uno y cómo se relacionarán los padres a partir de ese momento.
  3. Entre los seis y los ocho años. Los principales temores en esta etapa tienen que ver con el rechazo y con el sentimiento de culpa, ya que en esta edad los niños son menos egocéntricos y tienen más empatía con los sentimientos de terceros. Necesitan saber claramente qué pasará con ellos y en qué les va a afectar de forma práctica en sus rutinas, si cambiarán de colegio, de domicilio... Deben sentir claramente que ambos progenitores siguen ocupándose de ellos.
  4. De nueve a doce años. Aunque tienen mayor capacidad de entender lo que supone un divorcio, los niños en esta edad son aún inmaduros, de modo que acostumbran a dividir el mundo en buenos y malos, por lo que es importante ayudarles a comprender esta situación sin demonizar a ninguno de los progenitores. Además, a esta edad, establecen fuertes vínculos con la figura de su mismo sexo, por lo que se debe mantener ese referente de forma activa para el desarrollo de su identidad sexual.
  5. Adolescentes. En esta etapa, el referente pasa de los padres al grupo, y viven numerosos cambios físicos y emocionales, por lo que en el hogar se deben mantener el mayor ambiente de seguridad posible manteniendo los límites que posiblemente intenten romper de forma recurrente. A estas edades hay que permanecer atentos ya que algunos menores experimentan con sustancias o sufren trastornos de alimentación, un riesgo que se puede ver incrementado al no comprender los cambios en casa.

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