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La dirección de 'Supervivientes' trata de domesticar a Bigote Arrocet

Parece que esta edición van a saltar chispas en el cielo... y en el infierno

Jorge Javier Vázquez en la Gala 2 de Supervivientes 2017
Jorge Javier Vázquez en la Gala 2 de Supervivientes 2017 Instagram

Empieza la acción en 'Supervivientes 2017', con esos momentos de tortura psicológica y maniobras pasivo-agresivas que tanto enganchan a la audiencia. Ayer, Paola Caruso fue la menos popular de las cuatro nominadas: la superaron en votos la ex monja Janet Capdevila, el producto 'Sálvame' Laura Matamoros y la artista de variedades Leticia Sabater. Sin embargo, la italiana no se vio obligada a abandonar el concurso ni la recluyeron en una isla. La novedad de este año es que cada eliminado muta en muerto viviente: se convierte en zombie.

Caruso tendrá que estar toda la semana subida a una plataforma sobre el mar, en la más absoluta soledad. Solo la podrá abandonar durante quince minutos cada hora para pedir o robar comida a alguno de los tres grupos de concursantes: los habitantes del cielo, la tierra de nadie o el infierno. No podrá hablar con ellos, tendrá que portar siempre un collar que delatará sus movimientos y un tétrico cetro y a la caída del sol no podrá moverse de su encierro. ¿Cruel? No tanto como lo que les espera a sus compañeros.

Durante la primera parte del programa de ayer, la dirección del programa, a través del presentador Jorge Javier Vázquez, puso el dedo en la llaga de la actitud de Edmundo Arrocet, automarginado del grupo infernal, totalmente a su bola y absolutamente invisible a las cámaras. Ante la insistencia de Vázquez en preguntarle a Bigote si realmente quería estar en el concurso, el ex humorista terminó diciendo que sí, y que la supervivencia le estaba resultando facilísima. Tanto molestó esta afirmación a Leticia Sabater, que esta explicó que Bigote se pasaba todo el día tumbado, sin trabajar ni en la convivencia ni en la obtención de comida, de ahí que nada le resultara penoso.

La organización, atenta a aprovechar cada oportunidad de ofrecer un buen espectáculo, decidió penalizar a Edmundo Arrocet obligándole a conseguir la comida para todo el grupo durante la semana. El castigo no puede ser peor: le obliga a trabajar, le obliga a dar juego antes las cámaras y le obliga a relacionarse con el resto. En el equipo contrario, sucedió algo parecido: la organización pilló un chisquero escondido en la mochila del peluquero Juan Miguel y le penalizó con lo mismo: el gran amante de las siestas debe romper su dieta de sueño en las camas balinesas y trabajar la alimentación de todos sus compañeros. Van a saltar chispas en el cielo y en el infierno.

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