mujerHoy

vivir

Pisos compartidos: Mi casa es la nuestra

Por dinero, por afinidad, para no sentirse solos... Compartir piso ha dejado de ser un experiencia transitoria para acabar siendo una opción de vida. ¿La familia nuclear se nos ha quedado pequeña o ha sido el sueldo?

Almudena, Mayra, Manuel, María, David y Natalia, que viven y trabajan juntos.
Almudena, Mayra, Manuel, María, David y Natalia, que viven y trabajan juntos. álex rivera

'Padre divorciado con una hija busca habitación en piso compartido'. 'Somos tres profesionales del sector de las finanzas y buscamos nuevo compañero de piso'. 'Familia alquila buhardilla muy coqueta…'. Los anuncios que invaden las redes sociales y los portales especializados dejan constancia de que compartir piso ya no es algo exclusivo de estudiantes universitarios. Profesionales entrados en años, familias que quieren ensanchar los bordes de su estructura, parejas que necesitan una ayuda con su hipoteca, divorciados que emprenden una nueva vida, padres y madres solos que unen fuerzas en la crianza de sus hijos… conforman algunos de los nuevos grupos domésticos: superados los prejuicios y derribadas las fronteras de la familia nuclear, las posibilidades no tienen límites.

Compartir vivienda una vez acabados los estudios es una práctica muy extendida en los países anglosajones; en Nueva York y Londres, por ejemplo, representa el 40% del mercado del alquiler. ¿Y qué sucede en España? Las cifras dicen que vamos por el mismo camino. La fuerte subida de los precios de los alquileres y los salarios bajos están empujando a inquilinos de todo tipo, edad y condición a vivir bajo el mismo techo. Tanto, que la demanda de habitaciones en alquiler se ha disparado un 80% en el último año, según los datos del portal inmobiliario Idealista. Casi la mitad de los españoles que comparte vivienda (46%) tiene entre 30 y 50 años (el porcentaje ha crecido un 31% desde 2014) y un 8% supera esa edad.

Vivir en cooperativa: Esto funciona porque nunca hablamos dos a la vez y sabemos que todos es de todos.

  • Natalia Fernández, David de Ugarte, María Rodríguez, Mayra Rodríguez, Manuel Ortega y Almudena Fernández componen La Sociedad de las Indias Electrónicas.
  • En 1999 crearon una empresa, La Sociedad de las Indias Electrónicas, y desde entonces trabajan y viven juntos. 'Al principio no teníamos un duro y compartir techo era la mejor opción. Si sobraba algo, lo poníamos en un fondo común. Y un buen día pasamos de ganar los 500 € justos para pagar el alquiler a tener facturaciones serias. Entonces sí nos planteamos cambiar, pero ya estábamos acostumbrados a estar juntos. Nos echamos tanto de menos cuando los otros no están...', dice David. Su hogar está donde están los otros. Por eso juntos han hecho maletas y mudanzas y se han instalado en diferentes lugares (Argentina, Uruguay, Brasil…) por perspectiva de negocio o por motivos personales, como cuando Natalia pasó un cáncer y buscaba un entorno más tranquilo para cuidarse e instalaron vivienda y oficina en Bilbao.
  • Para que esta cooperativa laboral y vital funcione las decisiones se alcanzan por consenso y tienen tres votos, que renuevan cada mes de octubre en el aniversario de su fundación. 'El primero es escuchar –cuenta David–: nunca hablamos dos al mismo tiempo. El segundo: todo es de todos. Y el tercero es que, si por alguna desgracia solo quedara uno, ese volvería a empezar desde el principio y trataría de levantar un proyecto igual'. Manuel y Mayra están casados, María y David son pareja desde hace 12 años, y entre todos forman un gran clan en el que cada uno siente como propia la familia de origen de los demás.

La situación económica han sido el desencadenante más inmediato del boom que han experimentado estas nuevas fórmulas de convivencia, pero también hay otros factores que ayudan a explicar este nuevo paradigma. Julio A. del Pino, sociólogo de la UNED y experto en Sociología de la Vivienda, alude al 'reblandecimiento del vínculo que ha existido entre relaciones familiares y las casas'.

Tradicionalmente, recuerda el experto, los hogares estaban formados por familias más o menos extensas y a veces incluso incorporaban miembros extra sin vínculos de sangre (alguien del servicio, un allegado muy próximo)… 'Lo que les distinguía es que comían todos del mismo guiso al menos una vez al día', señala. Con el desarrollo y la modernización, se impuso el modelo nuclear (padres e hijos). 'Esta relación tan estrecha entre vivienda, familia y hogar se ha ido descomponiendo con el tiempo. Las familias se rompen y recomponen, tienen a veces más de una vivienda, se atomiza su tiempo de convivencia (es difícil comer juntos, se viaja mucho y se pasa mucho tiempo navegando por internet)… Las trayectorias vitales se hacen más individualizadas. Esta descomposición hace posible que formas de convivencia que antes se tomaban como raras o de transición vayan adquiriendo más peso, sobre todo si las circunstancias económicas empujan', dice el sociólogo.

Un gran árbol familiar

La mayoría de las veces es por necesidad, pero también hay quien opta voluntariamente por este modelo. Hay personas que añoran aquellas vastas familias y esas mesas 'a la italiana', donde bullían varias conversaciones a la vez y siempre había un plato para uno más, y precisamente han desbaratado los límites de la familia convencional para conseguir una. Judith Casariego siempre soñó con una gran familia y una casa ruidosa y llena de gente. Se casó con Fernando (que procede de una prole de ocho hermanos) y juntos tuvieron cuatro hijos. Pero eso no les pareció suficiente, así que desde hace años, alojan a cinco universitarias norteamericanas. En una de las paredes de su casa hay un vinilo que reproduce la silueta de un árbol. En sus ramas van pegando las fotos de cada una de las 23 chicas que ya han formado parte, aunque fuera temporalmente, de su familia.

'Las narrativas de la convivencia desfamiliarizada descansan bien sobre una idea de fracaso –vivo con otros porque no puedo vivir solo, porque no he podido cumplir con el modelo estándar de familia (me he divorciado), o porque no gano lo suficiente (no he tenido éxito laboral)– o bien sobre una idea de voluntarismo y elección', explica el sociólogo Julio A. del Pino. Fue sobre esta segunda premisa sobre la que Fernando y Judith hicieron florecer su gran árbol familiar.

Hay padres que se unen para criar y mayores que quieren compartir su jubilación.

Para otros es una cuestión de necesidad y de prioridades. Rosa Martí, Nana Míguez y Jorge Yumar son actores. Los tres tratan de abrirse camino en su profesión y, para tener alguna oportunidad, hay que vivir en Madrid. 'Nuestro mundillo no te da para mantenerte solo en un piso, es mucho gasto y todo lo que puedas ahorrar puedes invertirlo en mejorar tu formación, hacer cursos, ir al cine…', explica Rosa, sentada en el salón de su casa, bastante anticuado, pero con una buena terraza y bonitas vistas.

Otras particularidades del mercado de la vivienda actual fomentan los nuevos modelos. Y ahí es donde tropezamos con esa palabreja que hace unos años nadie entendía y hoy manejamos con soltura: la gentrificación. Ese proceso social, desencadenado por la llegada de artistas, profesionales liberales y turistas, que acaba expulsando a los habitantes de siempre del centro de las ciudades. Una diáspora que alimenta la población de las zonas periféricas y las ciudades dormitorio, con precios más asequibles que permiten sostener cierta calidad de vida.

En ese contexto, encontrar compañeros para vivir bajo el mismo techo es para muchos la única opción de permanecer en su barrio de siempre, de residir en la zona deseada o en un piso más amplio, bonito y mejor acondicionado en lugar de fundirse todo el presupuesto en 35 m2 de un quinto sin ascensor. Y, puestos a compartir techo, despensa, sobremesa y mando a distancia, mejor hacerlo con alguien afín. Por eso los portales han perfeccionado sus motores de búsqueda, con nuevos filtros que permitan encontrar compañeros en función de sus aficiones, sus hábitos alimentarios, su orientación sexual, su opinión sobre las mascotas y hasta sus convicciones ecológicas...

Por culpa de la gentrificación, compartir es casi la única opción para vivir en el centro.

'El motivo más común para compartir piso es la rentabilidad y optimización de gastos, pero también lo asociamos a un cambio en el estilo de vida de las nuevas generaciones', explica Carlos Pierre, CEo y fundador de Badi, una app especializada en encontrar compañeros de piso. Y algunos pueden llegar a ser muy exigentes. Por ejemplo, este anuncio en Milanuncios.com: 'Somos una pareja y buscamos dos personas para compartir casa. Queremos gente comprometida con el medio ambiente; veganas/ vegetarianas, feministas'.

Rosa, Jorge y Nana en su piso compartido.
Rosa, Jorge y Nana en su piso compartido.

Puro teatro: 'Sólo hay que tocar en la puerta de al lado para ensayar'

  • Rosa Martí, Nana Míguez y Jorge Yumar son actores y comparten piso en Madrid.
  • Las cifras del sector lo dejan todo muy claro: solo el 8% de los actores españoles consigue vivir de su profesión. 'La industria está en Madrid, donde los precios del alquiler son alucinantes, pero si quieres trabajar de esto tienes que estar aquí y hacer un sacrificio enorme', explica Jorge. Es actor, forma parte de la Joven Compañía y comparte vivienda al sur de la capital con Rosa, miembro de la misma troupe (en enero ambos saldrán de gira por España con la función La edad de la ira) y con Nana, también actriz. Ninguno niega que la necesidad les ha reunido y que, en sus sueños, se ven viviendo solos, pero también tienen claras las ventajas de compartir: 'Siempre estamos buscando un hueco para ir al cine juntos, comemos viendo series y analizamos cómo lo ha hecho tal o cual actor. La interpretación es un monotema porque esto más que un trabajo. Es nuestra vida', cuenta Nana. Ahora están haciendo un maratón de clásicos y Jorge lleva todo el día cantando Sonrisas y lágrimas'.
  • Aseguran que, aunque el sector es competitivo, entre ellos no hay rivalidades. 'Si a alguien le sale un casting nos ayudamos, nos animamos y estamos nerviosos', aclara Rosa. Jorge lo confirma: 'Yo me voy grabando el videobook como puedo y ellas me ayudan con la cámara, me dirigen un poco, me echan una mano… Solo hay que llamar a la puerta y decir: “Ven, que tengo que ensayar'.

Por ideología

Precisamente, su postura ante el mundo fue lo que unió a los miembros de la Sociedad de las Indias Electrónicas, que profesionalmente se dedican al análisis de información y el desarrollo de software libre. Pero definir su relación no es tan sencillo, porque desborda los límites de lo convencional: son compañeros de trabajo, socios, amigos y se consideran familia. Proceden de entornos tradicionales, escucharon muchas veces aquello de 'búscate un trabajo como Dios manda, ahorra y cómprate un piso'. Pero ellos, que se conocieron a finales de los 90, encontraron, sin buscarla, su propia fórmula.

Fundaron su empresa a la que le dieron la forma de cooperativa porque se ceñía a sus valores y a su filosofía (todos iguales en una estructura horizontal, sin jerarquías y con muy pocas normas) y de manera natural, por los mismos motivos, se pusieron a vivir también en cooperativa. Todo lo que hay en su empresa y en su casa es de todos: desde el dinero, a los proyectos, la despensa o los invitados. Aunque viven en una casa grande, siempre hay alguien durmiendo en el sofá y se les juntan dos o tres visitas a la vez. Familia y amigos, pero también desconocidos que llegan de cualquier lugar del mundo porque quieren formar una comunidad como la suya.

Este año han pasado por su salón griegos, franceses, noruegos, americanos… 'Somos un caso raro en el mundo del comunitarismo: las comunidades rurales son más frecuentes, pero nosotros siempre vivimos en ciudades, no tenemos nada que ver con el mundo agrícola, somos un equipo profesional con habilidades más sofisticadas: tecnología, innovación, economía, software… Hay muy pocas comunidades así y en España no hay ninguna –explica Natalia Fernández, cofundadora de Las Indias–. Somos un modelo para personas que les gusta este tipo de vida, pero que no nacieron para la jardinería ni para conducir un tractor'.

En el sofá, Fernando y Judith, con sus hijas Diana, en el medio, y Sara, en el brazo del sofá. En el suelo, los mellizos Miguel y Claudia. Las estudiantes detrás (de izda. a dcha.): Katherine, Amanda, Katherine Tang, Emily y Sidney.
En el sofá, Fernando y Judith, con sus hijas Diana, en el medio, y Sara, en el brazo del sofá. En el suelo, los mellizos Miguel y Claudia. Las estudiantes detrás (de izda. a dcha.): Katherine, Amanda, Katherine Tang, Emily y Sidney.

La familia... y cinco más: 'Nos encanta el jaleo y tener la casa siempre llena'

  • Judith Casariego y Fernando Fernández viven con sus cuatro hijos y cinco estudiantes universitarias.
  • En casa de Judith y Fernando dentro de unos días se celebrará Acción de Gracias. Es una de las costumbres que han adquirido (junto con la de adelantar la hora de la cena e incluir mantequilla de cacahuete en la lista de la compra) desde que decidieron 'ampliar' su familia alojando en su casa a cinco estudiantes universitarias de EE.UU. Se suman a su propia prole de cuatro hijos, dos parejas de mellizos: Claudia y Miguel, de 13 años, y Diana y Sara, de 10. 'Somos una familia extrovertida y hospitalaria. En broma decimos que nuestra casa es como una pensión. Nos gusta el jaleito y tener la casa siempre llena. Una vecina nos habló del departamento de housing de la Universidad de Saint Louis, decidimos probar un cuatrimestre y ver qué tal nos organizábamos...', cuenta Judith.
  • En su casa, las puertas de las habitaciones están abiertas, el salón tiene tres enormes sofás para acogerlos a todos y no perdonan cada tarde una partida al Monopoly Cards. 'Charlamos y nos preguntan acerca de las noticias o sobre la cultura de nuestro país, o nos contamos cosas de nuestra vida. La experiencia de convivir durante unos meses con personas diferentes creo que para los niños y nosotros mismos es muy valiosa. Seguimos manteniendo contacto por Facebook y nos enorgullece ver que pasa el tiempo y siguen teniendo un bonito recuerdo'.

Nuevas fórmulas

La crisis hizo aflorar de manera espontánea la economía colaborativa y la vida comunal: familias extensas reagrupadas o redes comunitarias en las que los ingresos se ponen al servicio de todos para la subsistencia. En algunos países surgieron proyectos como CoAbode, una asociación norteamericana que se dedica a poner en contacto a madres solteras que buscan compartir vivienda y la crianza de los hijos y, en España, empezamos a oír hablar de conceptos como coworking y cohousing. Esta fórmula de vivienda colaborativa, en la que una comunidad funciona como una gigantesca casa compartida en la que cada vecino tiene espacio privado y servicios comunes (lavandería, cocinas, ocio…) comienza a arraigar como alternativa a las residencias de ancianos.

Estos proyectos no pueden ser un pretexto para que se dejen de hacer políticas de vivienda."

Julio a. del pino

'Se empiezan a ver modelos de convivencia diferentes: padres que se unen para compartir la crianza, personas mayores que quieren organizarse de manera autónoma... pero asistimos a ello también con cierto temor, porque parte del crecimiento de esta tendencia viene empujada, más que por una fi losofía de vida, por la precarización', apunta Natalia Fernández. Y el sociólogo está de acuerdo: 'Es importante subrayar el carácter ambivalente de estos procesos: por un lado, son proyectos de vida liberadores y voluntaristas. Por otro, entrañan el peligro de que las instituciones se inhiban de cumplir con sus responsabilidades. Por ejemplo, puede convertirse en coartada para no realizar políticas de vivienda'. El proceso, en todo caso, no ha hecho más que empezar. Y parece irreversible.


Horóscopo