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¿Son más sensibles los hombres o las mujeres?

Se aprende a ser sensible igual que se aprende a amar y a vivir. Pero en el camino de las emociones los hombres deben vencer unos estereotipos que pueden coartar la expresión de sus sentimientos.

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La ternura, la empatía o la compasión, son algunos de los afectos que los seres humanos podemos llegar a sentir si poseemos ese grado de sensibilidad indispensable para reconocer nuestro mundo emocional.

Cuando nos referimos al campo del arte, solemos aludir a la alta sensibilidad del artista sin reparar en si es hombre o mujer. El artista (o la artista) han sabido transmitir algo que emociona y gusta a quien lo ve, lo lee o lo escucha. La creatividad es una cualidad humana que transforma aquello que queremos expresar en una obra de arte. La sensibilidad del artista y de su público hará que la obra tenga más o menos éxito.

Sin embargo, cuando nos referimos al terreno personal, sí atribuimos más sensibilidad a las mujeres que a los hombres. Con frecuencia se desliza en esta atribución un tinte peyorativo, ya que la sensibilidad se asocia a la debilidad y no a la fortaleza que se les atribuye a ellos.

Los estereotipos que culturalmente siguen afectando la manera de adjudicar esta cualidad a hombres y mujeres perjudican la relación entre los sexos, además de ser falsos. Esta asociación entre sensibilidad y debilidad atribuida a lo femenino constituye una mirada que solo tiene en cuenta el cuerpo y niega el psiquismo.

Poder decir lo que sentimos o saber escuchar demuestra una gran fortaleza

La capacidad de poseer una sensibilidad que nos ayude a poner palabras a lo que sentimos o a escuchar lo que a otros les sucede, demuestra una gran fortaleza psíquica, característica del ser humano, sea hombre o mujer.

¿Por qué entonces cuando un hombre muestra sus sentimientos y aparece como tierno se puede se suele decir que es "blando"? Quizá pensamos en el hombre como si solo le exigiéramos un cuerpo fuerte que nos proteja; y nos da la sensación de que no puede hacerlo cuando muestra que psíquicamente está tocado por un lado sensible, siempre asociado a la posición femenina.

La buena relación entre los géneros tiene que ver con un acercamiento psicológico y una aceptación de las fortalezas y las debilidades de ambos. Cada mujer y cada hombre tendrán que experimentar en su camino vital identificaciones con la madre y el padre que le lleven a hacerse cargo de sus límites y a reconocer los del otro.

La importancia del padre

Silvia llevaba cinco años con Javier y cada día estaba más cansada de la relación. Se conocieron en un concierto, cuando ella estaba separándose de su anterior pareja, y lo primero que él le preguntó fue: "¿Qué te sucede? Tienes la cara triste. Después de oír esta música es un poco raro, ¿no?". Esta pregunta marcó el comienzo de su relación. Ella vio en él a un hombre que era capaz de darse cuenta de sus estados de ánimo, que no le asustaba que estuviera triste, que estaba dispuesto a escuchar lo que le pasaba. Sin embargo, un año más tarde, sentía que algo se repetía en su vida y que él se había convertido en alguien poco sensible, que iba a lo suyo y no la entendía.

Silvia llegó al tratamiento dispuesta a encontrar respuestas a sus enigmas. Allí descubrió que su vida estaba determinada por una identifi cación con su madre que siempre se había quejado de su marido, un hombre fuerte pero insensible, adicto al trabajo, que pasaba muy poco tiempo con ellas y no era capaz de transmitirle a su hija el afecto que necesitaba para sentirse segura de su amor.

Las claves

  • Culturalmente, a las mujeres se nos ha permitido expresar los afectos más que a los hombres. Pero estos estereotipos perjudican a las mujeres, que no pueden compartir con ellos lo que quieren; y a los hombres, que no pueden expresar lo que sienten.
  • La falta de sensibilidad no es privativa de un género. Por ejemplo, en el terreno sexual, podemos encontrar insensibilidad tanto en hombres como en mujeres. En estas ellas nos encontraríamos con la frigidez, donde se niegan el placer, y en los hombres, con la impotencia.

Por ello, Silvia elegía parejas que en principio le daban lo que ella hubiera querido de su padre, pero que luego se convertían en lo que había recibido de él. Sin embargo, durante el tratamiento descubrió que su padre sí se preocupaba por ella, pero tenía otro modo de expresar sus afectos. Pudo mirar a su padre de distinta forma a como lo hacía su madre, con más comprensión. De esta forma, comenzó a aceptar las limitaciones que su pareja tenía para mostrarle interés por sus cosas.

El hombre que solo se quiere ver fuerte no puede mostrar sensibilidad. Tras su aparente fortaleza, esconde una debilidad que no soporta. En su proceso de maduración psíquica, no ha podido aceptar algunos conflictos que es preciso atravesar en el proceso de independencia de los padres. Narcisista e infantil, se disfraza de adulto. Proyecta sobre la mujer cualquier signo de debilidad que suele relacionar con el mundo afectivo. La figura del padre ha sido lejana y poco afectiva, por lo que al hijo inconscientemente le queda un pedido afectivo hacia ese padre que le hace sentirse un niño.

La mujer que huye de ser sensible rechaza parte de su feminidad y solo valora la fortaleza asociada a lo biológico masculino. Mantiene en alguna medida idealizado al padre, con el que se identifica más que con una madre, a la que en alguna medida, rechaza. No acepta la fragilidad materna y supone que el padre no la tiene.

LA PALABRA: El afecto

  • El psicoanálisis descubrió el valor terapéutico de poner palabras a acontecimientos traumáticos si al rememorarlos se logra una reminiscencia del afecto ligado al suceso. Pero ese afecto a veces se esconde. Freud señala tres posibilidades:
  • La conversión: el afecto se convierte en un síntoma físico. Esto se llama somatización.
  • Desplazamiento: el afecto se desplaza a otra idea o acto muy alejado de la original.
  • Transformación: pueden aparecer angustia, fobias o melancolía.

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