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Cómo aprender de los buenos momentos

Cuando todo se convierte en una obligación, es imposible disfrutar de lo que tenemos. La vida está llena de instantes, encuentros, complicidad y pequeñas sorpresas. ¿Por qué te cuesta tanto darte cuenta?

Una chica sonriendo.
Una chica sonriendo. getty

Nos esforzamos por tener una vida mejor en todos los ámbitos de nuestra existencia, pero no siempre lo logramos. Es difícil disfrutar de lo que se tiene siempre, de aquello de lo que disponemos día a día.

A María la conversación con su amigo Diego le vino muy bien para pensar en esto. Él se había separado hacía dos meses. Tenía dos hijos pequeños, de cuatro y seis años, a los que ya no veía como antes. Eso, le contó a María, era lo que peor llevaba: la pérdida del contacto cotidiano con ellos. Esa ausencia le llevó a sentir su amor hacia sus hijos de otra manera. Ahora, cuando estaba con los niños durante el fin de semana, disfrutaba de esos momentos como nunca lo había hecho antes.

Después de escuchar sus palabras, María le dijo a su amigo: “Damos a las cosas más valor cuando podemos perderlas y las valoramos menos cuando las tenemos, porque suponemos que siempre van a estar con nosotros y así se convierten Entonen una rutina. Pero si no las cuidamos, podemos perderlas. Valorar los buenos momentos tiene mucho que ver con la capacidad de aceptarnos como somos y de no exigirnos demasiado”.

Cuando caminaba de vuelta a su casa, María empezó a reflexionar sobre la frase que le había dicho a su amigo. Hacía años, ella había pasado por una crisis personal que la condujo a una psicoterapia. Se encontraba mal en el trabajo, en casa y con su pareja. Llegó a pensar en dejarlo todo. Cuando estaba con él, pensaba en los quehaceres domésticos y no podía disfrutar de su compañía. Cuando estaba en el trabajo, nunca le parecía bastante bien lo que había hecho. Y cuando se reunía con sus compañeros para algo que no fuera trabajo, siempre pensaba que debía irse a casa con su pareja. Todo se convertía en una obligación. No podía disfrutar ni valorar apenas nada de lo que tenía en la vida. El deber había hecho desaparecer al placer. Pero eso había cambiado.

En el proceso psicoterapéutico, María accedió a una parte de sí misma que tenía que ver con su pasado y que operaba en el presente, dejándola sin fuerzas para valorar su vida. Ella era la pequeña y la única chica de tres hermanos. Siempre había tenido con ellos una gran rivalidad; nunca podía alcanzarlos, ellos siempre eran mejores. Por eso, siempre se exigía más y nunca llegaba a conseguir lo que deseaba.

Las claves:

  • Conviene aceptar el principio de realidad: si nuestros anhelos y fantasías sobre lo que puede pasar o lo que nos exigimos es demasiado, la frustración resulta inevitable.
  • Para valorar lo logrado hace falta un psiquismo con maduración emocional y con la capacidad de apreciar lo que tenemos sin necesidad de perderlo.
  • El grado de conocimiento que tenemos de nuestro mundo interno y la autoestima que hayamos logrado a conseguir son determinantes para este disfrute.

María no asumía su lugar en la familia, se sentía más frágil que sus hermanos y seguía luchando para ser mejor que ellos a ojos de sus padres. Cuando pudo elaborar, entre otros conflictos, esta exigencia sobre sí misma y los deseos que ocultaba, comenzó a aceptarse, a dejar de competir con todo el mundo y a valorar los buenos momentos que la vida nos puede proporcionar si estamos dispuestos internamente a aceptarlos.

Ahora, María podía disfrutar de sus hijos. Le encantaba ver series de televisión con su pareja cuando los niños se iban a la cama. El fin de semana rescataban un rato para hacer deporte. De vez en cuando, se reunía con sus amigas y sentía a sus compañeros de trabajo como cómplices, no como adversarios.

En ocasiones hace falta una pérdida para advertir lo precioso que era lo perdido. Solo su ausencia brinda su pleno valor. Algo tan bueno como estar con las personas a las que se quiere se vuelve rutina por el mero hecho de suceder repetidamente.

Entonces, la energía psíquica que nos mueve a disfrutar de lo conseguido le concede menos valor, porque no promueve el deseo de alcanzarlo.

Elaborar los conflictos

El presente se halla contaminado por las experiencias pasadas. Podemos recordar vivencias que nos hicieron sentir bien y recrearnos hoy con lo que tuvimos ayer. Repetimos ese recuerdo porque le damos un valor en nuestra historia, pero también puede suceder que nos vengan recuerdos negativos, porque estamos enganchados a algo que no hemos podido elaborar.

La palabra: principio de realidad

  • El psicoanálisis llama así a la capacidad del psiquismo para diferenciar lo que esta fuera de él. Se contrapone al principio de placer, que es la tendencia a lograr lo que deseamos de forma inmediata, como hacen los bebés.
  • El principio de realidad sirve para que el “yo” sepa qué es lo que tiene que hacer para obtener satisfacciones. Nos ayuda a diferenciar la distancia que hay entre nuestros deseos y nuestras fantasías y la posibilidad, o no, de llevarlas a cabo.

Se pueden valorar los buenos momentos de la vida, cuando la maduración psicológica ha conducido a la persona a aceptar que todo tiene un límite. Cuando lo cotidiano se ha convertido en algo aburrido y carente de valor, es bueno, si se puede, tomar distancia. Un pequeño viaje puede hacernos ver las cosas de otra manera.

Conviene reflexionar sobre si nos cuesta trabajo disfrutar de nuestras relaciones, incluso del tiempo que tenemos cuando estamos solos, si aprovechamos nuestro descanso. Si no podemos disfrutar de los encuentros que tenemos con los otros, o pensamos que todo tiempo pasado fue mejor, estamos idealizando lo que hemos vivido y nos mantenemos prisioneros de deseos infantiles imposibles de llevar a cabo.


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