Masako, la princesa desaparecida

La princesa Masako, esposa del heredero al trono imperial de Japón, se vistió de seda recamada, con cerrado cuello de cisne y casquete color champán a juego, y avanzó sonriente por la alfombra azul que conducía a la Iglesia Nueva de Amsterdam. Su viaje a Holanda, para presenciar la entronización del nuevo rey, era el primero en 11 años. Masako no asiste a actos oficiales, apenas sonríe y jamás habla en público. Está enferma, dicen los periódicos: triste, deprimida, ahogada por el rigor medieval de la corte y por la presión que padeció para que diera a luz un heredero. Al final, tuvo una niña, después de años de tratamientos y un aborto. No fue diligente, puesto que en Japón solo pueden reinar los hombres.

En su primera vida, antes de la clausura imperial, se licenció en Harvard y aprendió a hablar seis idiomas. Trabajaba en la diplomacia hasta que el hijo del emperador se fijó en ella y sus propios padres le insistieron para que aceptara su propuesta de matrimonio, temerosos de desairar al trono. Masako era culta e independiente, y el príncipe Naruhito la eligió precisamente por esas cualidades. Masako aceptó, tras dudarlo mucho. Quizá por deber, seguramente por amor. Y entonces cayó desde su cielo, atrapada como un pájaro exótico en una red de oro. Su plumaje se apagó en la oscuridad de una profunda Edad Media. En su primera intervención pública, cuando se anunció el compromiso matrimonial de Naruhito y Masako, ya recibió su primera reprimenda: había hablado 39 segundos más que el príncipe heredero ante las cámaras.

¿Qué clase de misión desempeña una monarquía en la que las princesas enmudecen de dolor?
¿Es real el brillo de sus coronas de diamantes y de sus vestidos de gasa exquisita o solo el pálido reflejo de una luna que gira en la soledad de un universo propio, ensimismada y ajena al siglo XXI? Para qué sirven las princesas, nos preguntamos hoy. Pero nos deleitamos ante el esplendor de sus tiaras, enamorados de su gesto aparentemente amable y feliz, y casi nos creemos que viven dentro de un cuento. Entonces, aparece la sonrisa doliente de Masako, su cara hinchada por todas todas las lágrimas que ha derramado, y nos sobresalta la angustia de ese escondido teatrillo de sombras en que ha devenido la monarquía en algunos reinos. Y descubrimos espantados que hay princesas que no viven en un cuento.


¿Quién es?

  • Masako Owada nació en Tokyo en 1963. Es la mayor de tres hermanas. Su padre, diplomático, fue viceministro. l 
  • Se licenció “cum laude” en Ciencias Económicas, en Harvard, y en Derecho en la Universidad de Tokio, Trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores. 
  • El príncipe la conoció en 1986, durante una recepción a la infanta Elena. Tras un breve noviazgo, siempre con carabina, se casaron en 1993. l En 2001 nació la princesa Aiko. Si no se deroga la ley sálica, no reinará ella, sino su primo, el príncipe Hisahito. 
  •  Está en tratamiento por depresión desde 2003. A Holanda viajó con su médico personal, Yutaka Ono.