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Arena en los zapatos

Anne Igartiburu

La reflexión de la presentadora.

Sacudo la arena que queda en el calzado. Chanclas, sandalias, deportivas... da igual. Un gesto más en este adiós al verano que se despide discreto, insinuando cambios para esta nueva etapa después de respirar profundo y reflexionar. La resaca de noticias terribles aun perdura y los informativos nos recuerdan que la vida sigue adelante con debates políticos y datos económicos. Y mis zapatillas de correr me miran algo expectantes. Han pisado playas, montañas, cruzado ríos y un poco el acelerador –despacito, eso sí– para recorrer lugares de los que me he llenado atrapándolo todo sin medida.

Toca subirse a los tacones, en mi caso media hora al día, y caminar con paso firme en esta jungla. Sin perder el ritmo, aunque no me haga demasiada gracia meter los pies en el zapato cerrado todavía. Instintivamente, la estampa de Melania Trump en tacones de camino a las zonas afectadas por el huracán Harvey me vienen a la cabeza y me digo rotunda que prefiero ser una trotamundos familiar en chanclas, que una glamurosa fuera de tiesto. Y a nadie se le escapó el detalle, prendiendo inmediatamente la chispa en la voz de las redes que todo lo atrapan.

Le faltó tiempo a la señora para quitarse sus stilettos, calzarse unas zapatillas blancas impolutas al bajar del avión y hacerse una coleta, intentando con ello dar algo más de cercanía y coherencia a ese estilismo siempre tan evidentemente medido. Pero lo cierto es que los 10 centímetros que la elevan de la tierra en aquella primera foto me han parecido una especie de broma de mal gusto por su parte. Y, a la vez, una metáfora de lo que podía alejarla de pisar la tierra. Me pregunto cuánto barro se habría pegado a ese tacón de aguja y si habrá caminado entre cascotes la esposa de uno de los hombres con más poder y menos sentido común del mundo.

Melania y Donald Trump.
Melania y Donald Trump.

Ese que aplica la palabra consideración en ocasiones contadas. Ese que parece estar jugando una partida de Risk sentado a la mesa con países lejanos convertidos en enemigos. El mismo hombre que acaba de quitar la protección legal a los jóvenes que residen en Estados Unidos desde niños, convirtiéndolos en ilegales de la noche a la mañana. El que tiene los zapatos brillantes con la suela seca ante las espaldas mojadas de quien siente el río demasiado ancho para ser atravesado. Aquel que se jacta de no pisar la arena de Miami para dedicarse a sus labores de presidente de gobierno de un país que no entiende y, muchas veces, se avergüenza de un embajador así.  

Hoy, más que nunca, el mundo recuerda aquella América del Norte que, hace apenas un siglo, abría puertas a Europa llenando el país de apellidos italianos, polacos, judíos o rusos, entre otros. También los latinos que llegaron más tarde a Norteamérica han sido mano de obra barata que hoy se ve amenazada. Muchos de ellos tienen sus ancestros en aquellas americanas tierras y son más nativos que nadie, puestos a recordar. El futuro se promete entretenido con un debate dividido y un mundo que se queda con la anécdota, porque está demasiado ocupado con la celeridad cotidiana. Me calzo las deportivas otra vez, sacudiendo la arena que queda, y salgo a la calle intentando no olvidar los bailes y las buenas intenciones del verano, convirtiéndome en una dreamer más. Porque soñar es de las pocas cosas que nos quedan cuando nos calzamos la realidad y nos ponemos en los zapatos de quien tenemos en frente.

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