IV Edición Premios Mujer hoy. Teresa Perales: "No cambiaría por nada en el mundo mi vida de ahora"

Teresa Perales gana el Premio a la Mujer de hoy Las lectoras de Mujer hoy eligen a Teresa Perales como la mujer del año. Foto: Antón Goiri.

La mejor deportista paralímpica de todos los tiempos colecciona medallas y reconocimientos. Para nuestras lectoras es la mujer del año. 

¿Es posible ser feliz cuando la vida te ha dejado sentada en una silla de ruedas a los 19 años? La pregunta puede resultar impertinente, incluso un poco violenta, pero la respuesta de Teresa Perales es definitiva: sí. Y a juzgar por su sonrisa casi permanente, su espíritu y su empuje, uno acaba convencido de ello. La mejor deportista paralímpica de todos los tiempos decidió el pasado mes de septiembre hablar de tú a tú al coloso norteamericano Michael Phelps, igualando su récord de medallas olímpicas. El tiburón de Baltimore había cosechado 22 metales; la sirena de Zaragoza, otras tantas. Pero, en los Juegos de Londres, Teresa consiguió mucho más: logró que se hablara de las Paralimpiadas en un país donde el fútbol es rey absoluto; nos emocionó cuando la vimos abrazar a su hijo; nos enseñó a mirar más allá de su silla de ruedas y demostró que cualquier reto se puede superar.

Dicen que las personas que se encuentran con más dificultades en la vida suelen ser las más positivas. Ella es un buen ejemplo de esta teoría. Quizá porque ha sabido sobreponerse a los obstáculos con los que se ha encontrado. O porque la fuerza que le falta en las piernas la suple con voluntad. Porque a Teresa no parece frenarla nada: está casada y tiene un hijo, estudió Fisioterapia, ha estado metida en política, ahora se dedica a dar charlas de motivación e incluso ha desarrollado una teoría sobre la felicidad. Viéndola moverse con agilidad pasmosa en el estudio del fotógrafo es fácil pensar que Teresa conseguirá todo lo que se proponga. Tiempo al tiempo.

Mujer hoy. ¿Cómo ha vivido estos meses?

Teresa Perales. Ha sido una locura, aún no he aterrizado. Quizá sigo sin ponerlo en valor: fui, hice lo que tenía que hacer y volví.

P: No ha parado de recibir reconocimientos, entre ellos, la Gran Cruz del Mérito Deportivo... y este premio de las lectoras de Mujer hoy.

R: El primero me hizo mucha ilusión, porque es el máximo reconocimiento que puede recibir un deportista. Y el de Mujer hoy me ha sorprendido mucho y estoy muy agradecida. Es un premio muy bonito, que me emociona. Mi madre iba siguiendo las votaciones, era su tarea diaria, y me ponía al día.

P: ¿No esperaba la respuesta que ha recibido?

R: No estoy acostumbrada a este nivel de reconocimiento, ni hacia mí ni hacia los paralímpicos en general. Me he encontrado con mucho cariño. Me fui con mucho apoyo de la gente de mi ciudad, Zaragoza, pero no podía ni pensar que en Madrid me pitarían desde un coche al verme cruzar un paso de cebra, o que me felicitarían al llegar al aeropuerto de París. El balance ha sido positivo, aunque los resultados podían haber sido mejores...

P: ¿Mejores todavía?

R: Sí, claro, podía haber conseguido más. Eso sí, estoy feliz por haberlo compartido con mi hijo. Verlo en la grada y poder darle la medalla ha sido mágico. Sobre todo, teniendo en cuenta lo que me ha costado preparar esta cita: he tenido problemas físicos y un cansancio generalizado que fui arrastrando durante meses. Por eso digo que podía haberlo hecho mejor, porque no terminaba de ser yo. No he entrenado más ni mejor en mi vida, pero no terminaba de estar bien.

P: Sin embargo, la última prueba, en la que ganó el oro, fue increíble. Dice que no respiró en el último tramo.

R: En esa carrera sí fuí yo. Por la mañana tenía que nadar la eliminatoria pero, tras dos semanas de competición, me levanté muerta, tenía una “pájara” en toda regla. En mi cabeza chocaban dos ideas: no podía más, pero tenía que poder, porque si me daba por vencida me iba a arrepentir toda la vida. Después de comer, en la habitación, me puse mis cascos y, sin querer, empecé a pensar que iba a ganar y a visualizar la prueba. Es un trabajo mental que hacemos mucho los deportistas. Me tumbé en la cama y me puse a 170 pulsaciones. Fue la primera prueba que hice de verdad en mi cabeza, tres veces seguidas, y pensé: “Esta tarde lo gano”. Y gané. Pero gané con la cabeza, el cuerpo no me respondía.

P: Y cuando vio que había llegado la primera, ¿qué sintió?

R: Fui segunda gran parte de la prueba, pero tenía claro que por mis narices llegaba. Y llegué. Sentí una mezcla de euforia, de subidón de adrenalina, y de descanso. Además, estos eran unos Juegos muy mediáticos, me sentía arropada, pero también muy presionada. Pero la presión la convierto en positiva. Al llegar, pensé: “Menos mal, lo he conseguido”, ¡porque me gusta coleccionar medallas! [Risas].

P: Ya tiene 22 medallas olímpicas, como Michael Phelps, más 11 en Mundiales, 22 en campeonatos de Europa...

R: Sí, no tuve la oportunidad de verle en Londres... pero él se retira y yo no [Risas]. Espero llegar a los Juegos de Río, así que puede que le gane... Pero las personas somos egoístas y no nos terminamos de conformar. Yo gano una medalla y estoy satisfecha, pero no termino de saborearla porque ya estoy pensando en la siguiente.

P: Supongo que no podría pensar en algo así cuando se quedó en una silla de ruedas con 19 años.

R: Ya llevo la mitad de mi vida con mi silla. Fue a causa de una enfermedad neurológica, una neuropatía. El último día que salí a la calle sin muletas fue para celebrar que el Zaragoza había ganado la Recopa. Y luego, poquito a poco, creo que en tres meses, dejé de tener movilidad en las piernas.

P: ¿Los médicos le dijeron que no se iba a recuperar?

R: La mía es una enfermedad rara y los médicos no sabían cómo iba a evolucionar. De hecho, en la concentración de Sierra Nevada previa a los Juegos de Londres conocí por primera vez a otra persona que tenía lo mismo que yo, una nadadora brasileña. La enfermedad fue avanznado y, cuando dejé de desafiar a las leyes gravitatorias y me caí, empecé a usar la silla.

P: ¿Fue difícil comenzar a mirar el mundo desde una silla?

R: El primer día que salí a la calle iba muerta de vergüenza, porque todo el mundo me preguntaba qué me había pasado. Fue de lo más absurdo, de lo más tonto.

P: ¿No se hundió ni se deprimió?

R: No, en la vida solo hay una cosa que que te puede quitar la sonrisa y que puedes permitirlo, pero solo durante un tiempo, y es la muerte. Lo demás, tiene solución. Mi padre murió cuando yo tenía 15 años, y cuatro años después yo estaba en una silla de ruedas. Pero la silla no es nada. Bueno, sí lo es y lo pasas mal. Por ejemplo, tenía 15 escalones para llegar al ascensor de mi casa, así que entraba y salía por el garaje; no podía entrar al cuarto de baño ni en la cocina... tienes que acomodarte a una situación distinta. Tienes que aprender a hacer una vida nueva, a vestirte, a cambiar de perspectiva. Yo ahora mismo, si me pongo de pie con los aparatos, me mareo, porque me he acostumbrado a ver la vida desde abajo. Pero creo que no hay que ser egoístas. Cuando murió mi padre yo sí lo era, solo pensaba en mí, en mi drama. ¿Y mi madre, que con 39 años se había quedado viuda, con un hija de 15 y un hijo de 8? Ahora tengo 36 años y sí lo valoro, pero en aquel momento tenía 15 y la adolescencia cortada de cuajo; era yo, mí, me, conmigo... No me importaba nada más. Tras pasar por ese proceso, que fue más largo y más duro, irremediable, quedarme en una silla de ruedas no era tanto, porque yo seguía viva...

P: ¿Pensó que sería algo temporal, que se curaría?

R: Sí, claro. Los primeros meses de la enfermedad, miraba todos los días si podía mover los dedos de los pies, pero... Cuando un día en la piscina el entrenador me dijo: “Nadas bien, deberías venir con el equipo”, yo le contesté: “No puedo, si esto no va a ser una cosa para toda la vida”.

P: Así que empezó a nadar...

R: Bueno, yo casi no sabía nadar. Miraba lo que hacían los demás y lo copié bastante bien, por lo visto... [risas]. Sí, empecé a nadar y, gracias a eso, podía manejarme mejor con la silla, manejar mejor mi cuerpo, tener más conciencia de todo, de mi pérdida de sensibilidad y de movimiento.

P: ¿La enfermedad le dejó sin fuerza en las piernas?


R: Sí, no tengo fuerza ni sensibilidad. Por ejemplo, me depilo y no me duele, así que tengo que tener cuidado, porque la piel es muy sensible y más de una vez me he hecho polvo. Una vez, viendo correr a Marta Domínguez en la tele, me hice una... [sonríe].

P: ¿Y cómo se siente cuando está en el agua?

R: Al principio me sentía más libre, muy cómoda, porque me manejo como quiero. Cuando solo voy a flotar, sigo sintiéndome así, pero cuando voy a entrenar... ya no siento nada [risas]. Cuando entreno, puedo pasar cuatro o cinco horas al día en el agua, a las que hay que añadir una hora más de entrenamiento físico en el gimnasio.

P: ¿Se hacen muy largas esas cinco horas diarias en la piscina?

R: Sí, porque hay que centrarse para no perder la noción de los metros que llevas. Es una faena que, si tienes una serie de nado continuo, no sepas si llevas 2.000 o 1.500 metros porque estás pensando en otra cosa. Yo, en la piscina, he hecho discursos, cuando estaba en las Cortes, pero eso tiene su peligro...

P: Los de Londres eran sus cuartos Juegos Paralímpicos. ¿De cuál guarda mejor recuerdo?

R: Pues, a pesar de todo y de lo mal que lo he pasado, de estos últimos. Los primeros fueron en Sidney y lo viví todo a flor de piel. En Atenas gané el oro por primera vez, y solo por unas milésimas de segundo, fue un subidón tremendo. Entonces era diputada en las Cortes de Aragón, así que visité el Parlamento griego, me dieron una copia del Epitafio de Pericles... además, me casaba poco después y mis amigas me hicieron una despedida de soltera en la piscina: cuando competimos con el relevo, tuve que salir con un velo y unas flores... pero fue genial. Y en Pekín hice mi primer récord del mundo en unos Juegos y gané tres oros. Como éxito deportivo, me quedo con Pekín, pero como éxito emocional, por cómo lo viví, como si fuera una montaña rusa de emociones, con Londres.

P: Cada uno de esos Juegos ha significado también un hito importante en su vida personal. Se casó después de volver de Atenas y decidió ser madre tras los Juegos de Pekín.

R: Sí, en el deporte hay que planificarlo todo con mucho detalle, sobre todo si eres mujer. Imagínate que te quedas embarazada un año antes de los Juegos y te los pierdes.

P: También después de otros Juegos, los de Sidney, los primeros en los que compitió, se enamoró de su marido...

R: Sí, es periodista y el amor surgió mientras me hacía una entrevista [risas]. Él me llamaba para ir a los programas de la tele, después de Sidney empezamos a salir... y hasta ahora. Mi boda fue mi particular cuento de hadas. La pedida de mano había sido muy especial. Me dijo que nos íbamos un fin de semana, y tenía la consigna de llevar ropa de abrigo y elegante. Yo creía que íbamos a Madrid, pero cuando cogimos un taxi y salió de la ciudad, pensé que iríamos a las afueras. Hasta que el taxista me dijo: “A París, ¡qué bien!”. En la Torre Eiffel me pidió que nos casáramos y luego teníamos una limusina esperándonos para dar un paseo. Fue de película, así que yo tenía que preparar algo parecido. Tenía muy claro qué vestido de novia quería, porque lo había visto en una revista, pero cuando me lo probé me di cuenta de que tenía cola y que con la silla no podía lucirla.

P: ¿Hasta ese punto se olvida de la silla de ruedas?

R: Sí, es parte de mí. Así que, igual que en su momento tuve que superar la vergüenza de sentarme, tenía que romper la de ponerme de pie con los “aparaticos”, estilo Forrest Gump. Pensé: “¿Qué mejor demostración de amor puedo hacer?”. Así que entré con la silla en la Basílica del Pilar, mi familia se puso alrededor y, cuando me levanté... todo el mundo exclamó “¡¡¡Ahhhh!!!”. Acabaron todos llorando.

P: Y hace dos años y medio nació su hijo.

R: Sí, es lo más importante de mi vida. Mi hijo es una cosita maravillosa. Tiene dos años y medio, y no suele hacer frases de más de 15 palabras, pero ayer, cuando salía de la ducha, me preguntó por primera vez: “Mamá, ¿tú no puedes andar sin silla?”. Le contesté: “No, cariño”. Y él me dijo: “Ah, vale, te la acerco”. Yo pensé que tardaría más en preguntármelo. La verdad es que habla mucho, es supercariñoso, y no es pasión de madre. Es muy buen niño, muy movido y con mucho genio, pero muy bueno. Desde pequeñito ha ido conmigo a reuniones y viajes, sola con él, sin ningún problema. Es bastante llevadero, de hecho, me he ido de viaje sola con él y me lo llevo a reuniones desde pequeñito.

P: ¿Y puede compaginar los entrenamientos con atender a su hijo?

R: Cada vez me cuesta más, hasta he llegado a plantearme si dejo el deporte o no, si soy de verdad una buena madre porque me voy a una concentración y estoy 22 días sin verlo... Este es mi trabajo, pero no me puedo quitarme esa idea de la cabeza. Conciliar es muy difícil, pero supongo que como les pasa a todas.

P: Si hace balance de su carrera deportiva, ¿qué es lo mejor y lo peor que ha vivido en la piscina?

R: El mejor momento, sin duda, la primera medalla que le regalé a mi hijo, una de plata que luego no me quería cambiar por una de oro [risas]. Y el peor también lo he vivido este año: entrenar a veces como si me arrastrara, y sin embargo, seguir, seguir...

P: Si se le planetase la posibilidad de olvidar lo que le ha sucedido, de volver a aquella etapa en que no tenía la enfermedad...

R: Si eso supone olvidarme de lo que he hecho, no, rotundamente, bajo ningún concepto. No cambiaría por nada mi vida de ahora. ¿Sabes lo que sería no tener a mi hijo o a mi marido? Ni por un momento me plantearía algo así.

P: Tal vez porque, pese a todo, ha podido hacer un montón de cosas. Hace unas semanas, por ejemplo, ha viajado a la India...

R: Sí, he visitado un proyecto de la Fundación Vicente Ferrer, que quiere crear una red cooperativa entre mujeres españolas y de la India. Allí he conocido a mi “socia”, que perdió una pierna cuando estaba ordeñando una vaca. Pero también he estado en el desierto cinco veces. No creo que la silla sea un impedimento real para hacer lo que quieres, al revés. Es cuestión de imaginación: cuando fui al desierto la primera vez, el problema era no tener cuarto de baño. ¿Qué hice? Pues inventarme uno: una sillita de playa, con el asiento de tela recortado, y una especie de túnica al cuello... ¡Ya está! Tienes un cuarto de baño estupendo.

P: ¿Ha tenido que renunciar a algo por su enfermedad?

R: A estudiar Medicina. Cuando me preguntaba qué quería ser de mayor, siempre pensaba en ser médico para irme a África y colaborar con ONG. La verdad es que ya había renunciado a ello antes de estar en la silla, pero luego sí pensé que nunca lo haría. En lugar de eso hice Fisioterapia, para poder ayudar a la gente a mi manera. Estuve casi dos años ejerciendo y me fue muy bien. Me gustaba mucho trabajar con niños con parálisis cerebral, se me daba bien porque ellos me sentían más en su terreno, estaban más a gusto conmigo.

P: También se ha dedicado a la política, como diputada en las Cortes de Aragón por el PAR y como directora general de Ayuda a la Dependencia. ¿Qué aprendió de aquella época?

R: Bueno, hubo momentos estupendos y conocí a gente muy buena, pero es un mundo complicado, que desgasta muchísimo. Hasta que llegó un momento en que pensé que yo no aportaba nada a la política y que la política no me aportaba nada a mí. Pero me sirvió para reafirmar mi pensamiento de que, si quieres que las cosas cambien, debes provocar ese cambio.

P: ¿Has pensado alguna vez en volver?

R: No, no [rotunda].

P: ¿Qué piensa de que los políticos aparezcan en las últimas encuestas del CIS como uno de los problemas principales para los españoles, después del paro?

R: Pues me parece injusto, aunque a veces pienso que es normal que la gente crea eso. A mí no me gustan los estereotipos, he conocido a gente fantástica, a la que me une una gran amistad y a la que admiro muchísimo, que se han sacrificado por la política. Y la política es bastante desagradecida en ese sentido. Si digo algo como Teresa Perales deportista tiene muy buena acogida, pero si lo digo como política mucha gente piensa que hay un doble fondo. Pero vamos, yo no fui una política al uso. De hecho, creo que no he sido política nunca.

P: Así que ha cambiado la política por el “coaching” y las charlas de motivación en empresas y colegios.

R: Sí, estoy emprendiendo una nueva etapa profesional, que me gusta mucho y que cuadra con mi carácter y mi voluntad de servicio. No puedo estar en África ayudando como me hubiera gustado, pero sí he podido ir allí y a la India. Además, tengo la gran oportunidad, la maravillosa oportunidad, de poder dar conferencias y animar a la gente para al menos se vayan con las pilas puestas para una temporadita [risas].

P: ¿Qué valores quiere transmitir en esas charlas?

R: Sobre todo, la fuerza que tiene la opinión positiva. Tenemos que romper con el ciclo de negativismo en el que estamos envueltos. Y es responsabilidad de cada uno romperlo, porque la negatividad se contagia, mucho más que el optimismo. Creo que tenemos que poner nuestro granito de arena para romper ese círculo. Ser feliz depende de nosotros mismos.

P: Sobre la felicidad, usted incluso ha desarrollado una teoría que responde a un curioso término: el “espiralismo”.

R: Sí, tú eres el centro de tu espiral y, para lograr ser feliz, tienes que rodearte de todo lo que te hace feliz; el resto hay que echarlo fuera. Si eres positiva y colaboras con gente que lo es, acabas contagiándote de esa actitud. En esta vida que es tan competitiva hay que tener mucha creatividad, hechar imaginación, quitarse de la cabeza esa idea de no puedo hacerlo...

P: Y usted, que ha desarrollado esa teoría, ¿se siente feliz?

R: Soy superfeliz, tengo muchos motivos para serlo, y creo que estoy viviendo un momento muy bonito. En los Juegos de Londres pensaba: “No voy a vivir nada mejor que esto”. Estoy en una etapa personal maravillosa. Pero me doy cuenta de que siempre voy teniendo algo mejor.

P: Quizá porque se lo merece... ¿Qué valores cree que la han convertido en campeona?

R: Sobre todo, la cultura del esfuerzo, pero también la valentía y la capacidad emocional. En la alta competición tienes que lidiar con muchos nervios y mucha presión, es difícil. ¿Quién gana? El que tiene más fuerza mental.

P: ¿Crees que esos valores son los que deberíamos aplicar en una época de dificultades como la que estamos viviendo?

R: Sí, claro, no hace falta ser deportista ni sufrir una discapacidad. Son los valores que nos hacen falta ahora mismo para salir adelante: la constancia, la perseverancia...

P: Usted encabezó hace pocas semanas una manifestación en Madrid contra los recortes en el sector de la discapacidad.


R: Sí, todos sentimos los recortes y por eso quería estar allí y prestar mi voz a esa causa. A mi alrededor son muchas las personas que están en paro o que han visto recortadas sus ayudas.

P: ¿Están olvidados los discapacitados? ¿Se ha sentido discriminada en alguna ocasión?

R: Ahora no soy un ejemplo, porque he tenido la suerte de tener un reconocimiento por mi carrera deportiva. Pero he pasado por otras etapas y he vivido muchas cosas. Yo llevaba un año y medio en la silla y me tocó escuchar una frase tremenda cuando me encontré con un conductor que había aparcado en mi plaza: “Minusválidos de mierda, ¿para qué os damos de comer?”. Y también he visto cómo la gente me miraba con lástima. Pero he conseguido cambiarlo para que ahora me vean con admiración. Eso me encanta, pero yo no soy una persona con discapacidad como tantas otras. Soy deportista, por encima de la discapacidad.

P: En sus charlas, asegura que hay que cumplir al 100% los sueños. ¿Teresa Perales ha cumplido los suyos? ¿Tiene alguno pendiente?

R: Sí, sí, claro que los he cumplido. Ahora mismo no tengo ninguno pendiente. Por ejemplo, con este tema de las conferencias, como veo que tiene tan buen resultado, me gustaría ser capaz de convertirme en una gran conferenciante que ayude a muchísimas personas, eso es un buen sueño. 

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