¿Es necesario jugar con los hijos?

Para un niño, jugar es el placer de vivir. Tenemos que “dar de jugar” como damos de comer. ¿Cómo participamos en esa actividad? ¿Hay que jugar con ellos? ¿Deben los padres involucrarse en el juego aunque no les apetezca o pueden no hacerlo sin sentirse culpables?

Los padres que no juegan con sus hijos, ¿no saben o no pueden? El niño que llevamos dentro, el que fuimos, marca la forma que tenemos de jugar con nuestros hijos y, sobre todo, la forma de relacionarnos con ellos. Hay que buscar un hueco en la jornada para hacerlo, sobre todo hasta los tres años. Desde los dos meses y medio a los tres, la actividad lúdica de las manos, de las miradas, de las sonoridades, es algo que estimula al bebé y le promueve satisfacción. Para mostrarla, a veces mueve las extremidades, todavía de forma descoordinada, pero es una forma de mostrar alegría.

De los tres a los seis meses, la madre y las personas que lo rodean deben intercambiar con él palabras y muestras de afecto. En este tiempo comienza uno de los primeros juegos de placer cómplice con un adulto, y es el de ocultar el rostro y mostrarlo de nuevo. A partir de los nueve meses todo lo que alcanza con la mano es un juguete para el niño. Los padres tienen que tener plena confianza en la capacidad del niño para jugar y otorgarle la iniciativa.

Julio jugaba mucho con su hijo, todo lo que le era posible, pero Raúl se cansaba pronto. Julio no sabía qué hacer para entretenerle.
En una psicoterapia entendió que la dificultad para entenderse con su hijo provenía en parte de su afán de darle lo que él no había recibido de su padre.

Lazos del pasado.
Julio apenas dejaba espacio al niño para manifestarse. Se lo daba todo hecho y no favorecía la participación activa de Raúl. Julio se había sentido abandonado por su padre y cuando tuvo un hijo trató de reparar el daño vivido poniéndose en el lugar opuesto a su progenitor. Sin embargo, lo que consiguió fue algo parecido a lo que él había sufrido.

Es saludable y necesario que los padres jueguen con sus hijos. Los niños necesitan amor y el amor se expresa en el tiempo de cuidado y tiene que estar provocados por el deseo de estar con ellos y no solo por la obligación de tener que ejercer la función que nos corresponde. Si jugamos solo por obligación, la actividad se convierte en maquinal. En ese caso es mejor aplazarlo para más tarde y decir que no se puede en ese momento.

El juego les educa.
En todo juego existen reglas y cuando el niño percibe que el adulto debe someterse, como él, a estas reglas, le instruye en la aceptación de las normas para relacionarse con los demás. Jugar nos permite construir un mundo en común, una familia, ya que ésta se construye sobre las experiencias que se comparten. El adulto que desea ponerse a la altura del niño crea una relación que le hace al niño sentirse seguro. Hay que jugar para que la familia se convierta en un organismo vivo, dinámico. Si no se disfruta con ellos cuando son pequeños, cuando crezcan y lleguen a la adolescencia la comunicación se hará muy difícil y se instalará la incomunicación.

El tiempo que estamos con ellos tiene que responder al deseo de estar cerca. Si lo hacemos por obligación, no funcionará. Podemos establecer la comunicación a través de muchos otros medios: contar historias, ayudar a hacer los deberes, practicar un deporte, hacer un viaje... Lo importante es compartir algo juntos. De igual modo, no es necesario dedicar a ello todo nuestro tiempo: una actividad que dure una hora puede ser suficiente. Quizá esto puede tranquilizar a los padres que se culpabilizan por no estar mucho tiempo.