Los tratamientos de reproducción asistida se han convertido en tabla de salvación de muchas parejas que no logran tener hijos o de mujeres que quieren hacerlo en solitario. Pero, cuando fallan, el sentimiento de pérdida se hace aún más profundo.

Isabel está de luto. No viste de negro ni llora o, si lo hace, es en privado. En público, procura sonreír y ser divertida, pero a veces no le sale. Hace un año sufrió su segundo aborto. Su bebé debería haber nacido en abril y, desde entonces, lleva la cuenta de lo que estarían haciendo juntos, aunque intenta dejar de hacerlo. No le había dicho a casi nadie que había recurrido a la reproducción asistida para ser madre. Esperaba que le confirmaran que todo iba bien para hacerlo público, pero la confirmación no llegó y hoy prefiere seguir en el anonimato. Entre sus dos abortos hubo otros cuatro ciclos vanos. No sabe si lo volverá a intentar. Tiene que digerir el duelo, llegar al fondo de su pena para emerger.

Los tratamientos de reproducción asistida han devuelto la ilusión a cerca de un millón de parejas que sufren infertilidad en España. A ellos hay que sumarles las mujeres que deciden ser madres en solitario: los datos de la Sociedad Española de Fertilidad estiman que más de 1.500 al año recurren a un donante para tener un hijo. En total, el porcentaje de quienes necesitan asistencia para concebir se ha duplicado en la última década. Dos de cada 100 niños nacen por estas técnicas y la previsión es que siga aumentando.

Entre la esperanza y la pérdida

Lo que para muchas parejas es un proceso natural se convierte para otras en una carrera de obstáculos, físicos y emocionales. Tristeza, frustración, ansiedad, incomprensión y miedo son algunos de los sentimientos de los que hablan en foros y consultas. Muchos tienen que ver con la pérdida. Porque cualquier mujer o pareja que recurra a la reproducción asistida sufre una primera pérdida: la de no poder ser padres por el camino natural.

El primer paso requiere aceptar que será necesaria la intervención de otros en ese proceso que habían imaginado como cosa de dos. "Las personas que acuden a consulta han sufrido una conmoción en sus deseos, valores, ideales, expectativas e identidad, tanto propia como de la pareja", explica Marta Villarreal, psicóloga del Instituto Madrileño de Fertilidad.

Estos tratamientos afectan a las mujeres de diferentes formas: en su relación de pareja, en su sexualidad, respecto a otras mujeres, en el ámbito social o laboral... Pero, es en el área emocional donde se experimentan los peores sentimientos. "La infertilidad es un proceso de pérdidas múltiples, de roles de parentalidad, de un proyecto de vida. Es una situación imprevista e indeseada, donde se pierde el control sobre el cuerpo. Aparecen sentimientos de devaluación, baja autoestima, ansiedad, depresión y en algunos casos se puede llegar a una crisis de importantes consecuencias", dicen las doctoras Montse Roca y Cristina Negre, psicólogas y codirectoras del Máster de Psicología de la reproducción humana asistida de la Universitat de Barcelona.

¿Influye el bienestar psicológico en el éxito de los tratamientos? "Sin lugar a dudas; hay estudios que lo demuestran –explican Roca y Negre–. Esto no quiere decir que las personas con estrés o un problema psicológico no puedan quedarse embarazadas, sino que van a tener más dificultades". También hay informes que evidencian que los factores emocionales son la principal causa de abandono de los tratamientos, por delante de los aspectos médicos o económicos. Muchas mujeres se quejan de trato 'poco humano', 'frialdad', 'falta de empatía'... Si un médico debe intentar que haya embarazos, todas las parejas o mujeres a las que no ha sido capaz de ayudar a aguantar el tratamiento son, en parte, fracasos suyos, denuncia una.

"Esto ha llevado a la comunidad científica a reflexionar sobre la importancia de aligerar la carga emocional en los tratamientos", afirman las directoras del primer máster de este tipo en España, que nació para formar psicólogos especialistas en reproducción asistida y dotar de habilidades psicológicas a los profesionales de este ámbito. "Es imprescindible que todos los implicados consideren el estado psíquico, el desgaste afectivo que se puede estar produciendo... para prevenir o intervenir ante un desbordamiento emocional", corrobora Villarreal.

Incomprensión y aislamiento

No hay una fórmula que funcione para todas las mujeres y para todo el amplio abanico de emociones que pueden derivarse del proceso de reproducción asistida. La Sociedad Española de Fertilidad recomienda, sin embargo, reforzar la comunicación de la pareja (pero no estar todo el día hablando del asunto), practicar deporte y activar la vida social (pero no forzarse a participar en reuniones donde todo gira en torno a niños, embarazos...), solicitar información médica rigurosa y realista (y ser consciente de que los tratamientos no aseguran un embarazo) y asumir la posibilidad de que no se produzca o no llegue a término.

Y, por supuesto, solicitar asistencia psicológica y unirse a grupos de ayuda donde compartir experiencias para afrontar el sentimiento de incomprensión que puede llevar al aislamiento, y facilitar la identificación y la expresión de las emociones. "El duelo es la reacción normal frente a la pérdida; es un proceso que requiere un esfuerzo", señala la doctora Negre.

El duelo de los genes

Con ese objetivo, un grupo de mujeres se reúne en uno de los talleres organizados por el Instituto Madrileño de Fertilidad. Unas tienen pareja y otras no; unas son jóvenes y otras no tanto; unas buscan su primer hijo, otras van a por el segundo... Pero el camino hacia la maternidad de todas ellas ha tropezado con problemas y han considerado la opción de la ovodonación. "¿Qué pensasteis cuando os dijeron que habría que recurrir a óvulos de donante?", pregunta la psicóloga Marta Villarreal. Fracaso como mujer, rechazo, culpa por no haberlo intentado antes, tristeza porque el bebé no se parecerá a ella... son respuestas que se repiten.

Asimilar la gestación de un hijo con material genético de otra persona es, según los expertos, uno de los casos más difíciles emocionalmente. "Se debe elaborar el duelo de los genes que no se van a transmitir. Además, interviene la idealización del hijo que no se tendrá". Se preguntan si lo querrán igual, si puede haber rechazo, si deben contarlo o mantenerlo en secreto... En la reunión afloran todas estas dudas: "Miro a mi hija y descubro mis gestos, la forma de enfadarse de mi marido, veo en ella un reflejo de los dos. Sin embargo, su hermano tendrá cosas que nos serán ajenas"..., comparte una de las asistentes, que busca un segundo embarazo. "Lo que determina la maternidad es la función como tal y el deseo de serlo. La ovodonación implica renunciar a la herencia genética, pero no a la psíquica. Los gestos, la risa o la mirada se adquieren por identificación", la tranquiliza Villareal.

Otro caso complejo es el de las mujeres con un largo recorrido en estos tratamientos. Ellas hablan de incomprensión y soledad, aunque el proceso se afronte en pareja. Acumular intentos infructuosos pone al alma en jaque.

La Sociedad Española de Fertilidad recomienda que "toda pareja que haya tenido tres ciclos consecutivos con resultado negativo, deberá acudir a la Unidad de Psicología. Su médico incluirá esta consulta como requisito para continuar". Mientras, muchas tienen que bregar con comentarios bienintencionados que meten el dedo en la llaga. Ese de "olvídate y verás cómo llega el embarazo", es frecuente pero, lejos de ayudar, ahonda la soledad. "Pedirle a quien está preocupado que lo deje de estar es pedirle lo imposible. Este consejo, atribuye a la mujer una capacidad omnipotente para ser madre y la responsabiliza del embarazo que no llega", explica Villareal.

La ausencia del padre

En el caso de las madres solas por elección es, además, frecuente valorar una y otra vez si la ausencia de padre influirá negativamente en el hijo; si, cuando llegue el momento, sabrán explicárselo; o si se sentirán culpables por haberles privado de él. "Me imagino que para mi hijo será un fantasma que le persiga siempre y que no me perdone no haberle dado una familia ideal", explica la psicóloga que relató una mujer en otra de sus reuniones. "La dificultad de la maternidad en solitario es a veces confundir su elección con la autoexigencia de tener que estar siempre solas o sentirse culpables por pedir ayuda o delegar", explica.

Las emociones implicadas en el deseo de ser padres son infinitas. Pero Noemí superó los temores que la asaltaron cuando se decidió a ser madre sola. Hoy su hija Emma tiene casi tres años. Antonio y Lara esperan a Iván impacientes tras seis fecundaciones 'in vitro' en las que experimentaron frustración, miedo, incomprensión... Ana y Carlos (nombres figurados), después de afrontar la tristeza y la culpa en 10 años de intentos, serán padres gracias a un óvulo donado. Tal vez Isabel, la madre sin hijos del comienzo, encuentre en ellos su esperanza. 

 

 

Noemí Durán Cruz

40 años. Soltera y madre de Emma, de casi tres años.

"Sentí el duelo de no formar una familia al uso​"

"Siempre había tenido muy claro que quería ser madre, era unos de mis mayores deseos. Tras varias relaciones fallidas, me di cuenta de que estaba condicionando la búsqueda de una pareja por las ganas de tener un hijo. Sentía que el tiempo corría en mi contra y en diciembre de 2010 decidí no esperar más".

Así inicia Noemí el relato de su experiencia. Al principio, todo eran miedos: a las pruebas, al tratamiento de inseminación artificial, a si sería capaz de mantener a un hijo sola, a cómo reaccionarían en su entorno, a si sabría educarlo... "Pero lo que más sentí fue el duelo por no formar esa familia convencional con la que siempre había soñado". Hasta que dio el primer paso: "Contacté con la Asociación Madres Solteras por Elección (madressolterasporeleccion.org), un espacio donde compartimos experiencias sobre tratamientos, embarazo, crianza... Nos damos apoyo y se disipan muchos temores. Además, cuento con el apoyo incondicional de mis padres y hermanos, fundamental en el camino que he escogido".

Sin embargo, ahora que Emma tiene casi tres años, teme el día en que empiece a hacer preguntas: "Intentaré afrontarlas con naturalidad, ayudándole a expresar sus sentimientos. Me preocupa saber trasladar a mi hija los motivos por los que decidí ser madre, normalizar nuestro tipo de familia, darle herramientas para que hable del tema de forma natural, conseguir que no sienta que le falta algo o que me recrimine haberle privado de padre y que sufra por ello".

 

Ana y Carlos

39 años. A punto de ser padres por ovodonación, quieren mantenerse en el anonimato.

"Sentía que cada noticia mala era culpa mía​"

Llevan más de 20 años juntos y siempre quisieron ser padres, pero durante más de 10 lo intentaron sin suerte. "Cuando me dijeron que era difícil, quedé destrozada". Pero no tiraron la toalla. Tras cuatro años de pruebas y tratamientos sin resultado, se decidieron por la ovodonación. "¡Claro que te afecta! Te sientes decepcionada y te culpas, lo pasas muy mal. Me costó unas cuantas visitas al psicólogo, pero mi marido me ha ayudado mucho. Esto afecta a muchas parejas, pero a nosotros nos ha unido".

Ana reconoce que sintieron miedo por el origen de las donantes, pero pusieron toda su confianza en los médicos. "El proceso es muy duro: cada vez que recibíamos noticias negativas sentía que era culpa mía y empezaba el tratamiento rezando para que funcionara. Escuchas todo tipo de comentarios. Al principio intentas hacer caso, pero luego empiezan a molestar. Quieren ayudarte, pero consiguen lo contrario".

Ahora que cuentan los días para ser padres, están 'locos de felicidad', sin embargo, han preferido mantener oculta su identidad. "No se lo hemos dicho a nadie, no por miedo a las críticas o al qué dirán, sino porque pensamos que esto es solo cosa nuestra". También han reflexionado sobre otro dilema clave: ¿se lo dirán al niño cuando sea mayor? "A día de hoy, creo que no", responde Ana.

 

Lara Carrasco y Antonio López

37 años ambos. Su primer hijo nacerá en febrero. Se han sometido a seis tratamientos de fecundación in vitro.

"Le contaremos a nuestros hijos que no hay que rendirse"

"La decisión de recurrir a la reproducción asistida es quizá el momento más duro porque asumes que no puedes por ti mismo. Nos hicimos fuertes emocionalmente: se planteaba un camino cuesta arriba y decidimos coger carrerilla para subirla, porque lo importante era lo que conseguiríamos al final. Pero mentiríamos si dijéramos que no sentimos frustración, duda, miedo o incomprensión".

Lara y Antonio, consiguieron su soñado embarazo en el primer intento in vitro, pero perdieron al bebé. "Fue emocionalmente duro, pero al ser el primer tratamiento piensas que no ha sido tan difícil y que todo va a ir bien después". Sin embargo, luego vinieron otro embarazo frustrado y tres intentos negativos. "Vives momentos malos cuando ves que los tratamientos no llegan a buen término, pero nunca nos hundió. El buen trato que hemos recibido ha sido clave para seguir adelante con fuerza. Hemos vivido cada mala noticia asumiendo que había que seguir, sin parar a lamentarte. Lo complicado era cuando teníamos que permanecer sin intentarlo para recuperarme o por motivos económicos".

A la sexta llegó la vencida: "Estamos viviendo la alegría de un embarazo normal". La dureza del proceso no les disuade de volver a intentarlo: "Queremos que Iván tenga hermanitos cuanto antes. Cuando sea mayor, la historia que escuchará sobre de dónde vienen los niños será la que hemos vivido. Para sus padres lo normal es no tirar la toalla y luchar por algo poniendo todos los medios. Intentaremos que aprenda la lección para que la pueda poner en práctica".

 

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